De Guiyang a Gijón... el viaje de Lara Ai Ping

25 marzo, 2007

8. Parque Qianling

NOTA: El capítulo anterior ha sido ligeramente modificado. (Modificaciones en azul)

Amanece Guìyáng con un sol primaveral. Miércoles 20 de septiembre´06.

Nuestra pequeña Ai Ping se levanta, como viene siendo habitual, de muy buen humor… A veces la miramos incrédulos pensando que no es posible que la pequeñaja que nos regala sonrisas mientras se despereza, sea la misma que hace tan solo nueve horas lloraba tanto y tan fuerte que parecía hacer crujir los cimientos del Howard Johnson Plaza Hotel. Casi siempre la miramos y nos miramos incrédulos porque no alcanzamos a despertar del sueño de tenerla a nuestro lado después de treinta y dos meses de pensar en ella.

Un bañito y a desayunar. Pese a la costumbre de bañar a los niños por la noche antes de acostarlos, nosotros hemos decidido darle el baño por las mañanas, pues suda muchísimo por las noches, pese a que apenas la tapamos con una sabanita por miedo a que pase calor.
El baño es todo un acontecimiento. Un tanto delicado. A Lara le encanta chapotear en el agua con sus manitas y salpicarnos, pero mucho ojo que no se le ocurra a una gotita de agua darse un paseo por su dulce carita, porque entonces aparece el Mr. Hyde que todos llevamos dentro y el escándalo es mayúsculo. Tal vez la culpa sea mía pues, en el primer baño que le dimos en Guìyáng, aquí al papá primerizo no se le ocurrió otra cosa que aclararle la cabeza con el telefonillo de la ducha. Así, de sopetón, sin previo aviso… con el consiguiente gran susto de la pequeña.

Bajamos a desayunar y allí nos esperaban las demás princesas. La pequeña Anita arrastraba un catarro que le dificultaba bastante la respiración y que, lejos de ir curándose, empeoraba por momentos. Sus papis Javier y Ana decidieron llevarla a un hospital cercano. Como es natural, les acompañaron las guías Celine y Natalia.
Mientras, los demás les esperaríamos en el hotel. Nosotros decidimos dar un paseito por la Avenida Zhaoshan, frente al hotel. Mientras paseábamos, aprovechando los rayos del sol, pasamos frente a varias peluquerías. Lara tenía una melenita bastante descuidada que nos hizo pensar en retocárselo un poco, pero dudábamos si hacerlo aquí o esperar a llegar a casa. Al llegar al gran cruce con la Avenida Yanan, nos encontramos con otra peluquería. Esta tenía un aspecto muy occidentalizado y su fachada se anunciaba con vistosos neones de colores. Sin pensarlo dos veces, decidimos entrar para arreglarle el pelo a Lara. El local, en su interior, no hacía justicia a un exterior tan “fashion”. Digamos que se parecía más a una de esas antiguas barberías cutres y descuidadas de las que ya quedan pocas. Había dos clientas que, al vernos, abrieron sus ojos como platos, como si fuera tan raro que una pareja de occidentales acompañados de una bebita china entraran en una pequeña peluquería del oeste de Guìyáng. Nos recibe un joven veinteañero con el pelo erizado teñido de rubio platino. Espectacular.
Con señas, le explicamos lo que queremos y el chaval llama a la que parece ser la jefa del negocio. Aparece ante nosotros la peluquera. Poco más de metro cincuenta, pelo a lo Tina Turner y cigarrillo en boca, casi se le cae al vernos. ¿Pero…, tan raros somos? Supongo que para una ciudad poco acostumbrada a ver extranjeros y además, algo lejos del centro, sí… Somos extraños!!!
Al sentar a Lara en la silla y ponerle la capa, se empezó a poner nerviosa. A saber que pensaría la pobre… “¿Dónde me han metido estos? ¿Qué me irá a hacer esta que me toca el pelo?” La peluquera abrió un cajón del que sacó multitud de utensilios. Lo típico: peines, tijeras y….. ¡¡un enorme cutter!! Rápidamente le hicimos señas: ¡¡No, no, tijeras, tijeras!! Menudo susto… Poco se pudo hacer con Lara porque cada vez se ponía más nerviosa. Rompió a llorar y sacudía la cabeza, por lo que les hicimos señas de que lo dejaran. Le arregló un poco el pelo cortando la melenita y poco más. Todo al módico precio de 5 yuanes (50 céntimos de euro). Lo que a nosotros nos parecía una ganga, cuando se lo contamos a las guías resultó ser un gran negocio para la peluquera. No es de extrañar su sonrisa y reverencias al despedirnos.
Regresamos al hotel y, como hacía tan buen día, decidimos esperar a los compañeros afuera. Nada más salir a la calle con las niñas, los viandantes comenzaron a hacer corro a nuestro alrededor. Gracias a Mónica, conseguimos saber lo que nos decían…. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de la nula información que el pueblo chino tiene acerca del tema de las adopciones en su país. Nos preguntaban continuamente si las niñas eran chinas, se extrañaban muchísimo de ver a parejas occidentales con bebés chinos. Insistían mucho en que las tapáramos con mantas pese al calor que hacía. Cuando Mónica les explicó que las pequeñas eran nuestras hijas, que habíamos venido desde tan lejos para adoptarlas y llevárnoslas con nosotros, entonces sus caras cambiaban y todo eran felicitaciones y parabienes. Entonces las mujeres que llevaban niños, hacían que sus pequeños tocaran a nuestras bebitas porque decían que así les transmitirían parte de su buena suerte. La verdad es que a nosotros nos encantaba departir con la gente, pese a los intentos de los empleados del hotel por que la gente no se parara ante nosotros. Cada vez que se formaba un grupo numeroso de gente, salían rápidamente la seguridad y los recepcionistas del hotel para hacer que la gente circulara. No les hacía mucha gracia tener aquel barullo de gente ante las puertas del único hotel de cinco estrellas de la provincia de Guizhou. Incluso Natalia, cuando llegó con Javier y sus Anas, nos preguntó sorprendida qué hacíamos en la calle. Tampoco a ella le gustaba nada aquellos tumultos que se formaban a nuestro alrededor.
Poco antes de irnos, pudimos ver como un grupo de colegialas ensayaban una marcha para la fiesta nacional china, que se celebrará el 1 de octubre. La ciudad, poco a poco, se va engalanando para el evento. Incluso el hotel ha instalado en su entrada un gran arco hinchable de vistosos colores para la ocasión.
Pese a que el parque Qianling estaba a apenas quinientos metros del hotel, hoy tocaba visitarlo por la parte norte, por lo que había que ir en autobús. Durante el corto viaje, le pregunté a Natalia si en todo el país había tanta ignorancia sobre el tema de las adopciones y me comentó que sí. Incluso ella, universitaria de Beijing, no supo nada del asunto hasta que comenzó a trabajar en el BLAS como traductora y guía. Está claro que al gobierno no le interesa que su pueblo esté informado sobre las consecuencias de su política del hijo único.
El trayecto desde el hotel a la entrada norte del parque Qianling era, una vez más un verdadero impacto visual. En apenas veinte minutos volvimos a pasar de la riqueza y modernidad del centro a la más absoluta miseria de los suburbios de Guìyáng. Dejábamos atrás pequeños poblados de auténticas chavolas de ladrillo a las que, curiosamente, no les faltaba su aparato de aire acondicionado anclado a una mísera y semiderruida fachada.

Llegamos por fin al gran parque QianLing. Situado al noroeste de la ciudad, se presenta como un enorme espacio natural, verdadero pulmón de Guìyáng. El área se cubre con bosques que incorporan el alma y el espíritu de la Meseta de Guizhou. Hay más de 1500 especies vegetales y 1000 clases de hierbas medicinales que crecen naturalmente en sus montañas. En la cima del monte que da nombre al parque, se encuentra el templo Hongfu, uno de los principales templos budistas de la provincia de Guizhou. Para llegar hasta él hay que subir por una carretera sinuosa y escarpada llamada “sendero de los nueve vientos”. Por allí nos subió el autobús. Apenas había espacio y los autobuses las pasaban canutas para cruzarse en el camino. A falta más o menos de un kilómetro para llegar a la cima, comenzaron a aparecer manadas de monos Rhesus, un macaco muy común en Afganistán, norte de la India, donde se considera un animal sagrado, y en China meridional, donde apreciamos que se le trata con muchísimo respeto. El autobús nos dejó allí, para que siguiéramos el camino paseando entre decenas de monos rhesus. Las hembras llevaban a sus espaldas a sus pequeñas crías, mientras ponían la mano para pedirnos comida. Había que tener un poco de cuidado porque, aunque algunos se dejaban tocar, otros tenían muy malas pulgas, como pude comprobar personalmente cuando un ejemplar que arrancó una galleta de un manotazo. Lo más curioso era comprobar el gran respeto que provocaban aquellos macacos entre los lugareños, sobre todo entre los conductores que subían por “nueve vientos”. Si algún mono obstaculizaba el paso de un autobús, su conductor hacía sonar el claxon hasta la extenuación y no dudaba en parar para dejarle pasar… mientras los viandantes teníamos poco menos que tirarnos a la cuneta para que no nos pasaran por encima. Curioso…

Una vez en la cima, entramos en el gran templo budista Hongfu. Otra vez Natalia tiene que rascarse el bolsillo. En China, para entrar en cualquier monumento, museo, templo e incluso en los parques, hay que pagar. Todos estos gastos estaban incluidos ya en el precio del viaje que habíamos contratado con BLAS, así que era Natalia quien tenía que pagar por todos.

En la entrada había un patio con un gran mural de colores. Un par de pintores, plasmaban sobre sus lienzos la fachada del templo, al carboncillo y acuarelas. Allí se nos acercó una pareja a saludar a las niñas. Eran turistas tailandeses, nos dijeron en un perfecto inglés, mientras preguntaban curiosos por las niñas y nosotros.

Arriba y abajo, escalones, zócalos, más escaleras, patios empedrados…. La verdad es que es bastante difícil manejarse bien por éstos templos con las sillitas de las niñas. Aunque no mucho más complicado que circular por el rastro o por un atestado centro comercial un sábado por la tarde. Digamos que nos sirve de entrenamiento.

Pasear por Hongfu, entre nubes de incienso y escuchando el “gong” que hacen sonar los monjes budistas, es como entrar en una máquina del tiempo y retrotraerse al siglo XVII, a la dinastía Qing (Manchú). El gran templo Hongfu está dividido en numerosas estancias, entre las cuales destaca el palacio Kwan-yin, estancia en la que se adora a un gran Buda sonriente recubierto de pan de oro.
En el patio central, todos probamos suerte en el “pozo de la fortuna”. Consistía en una gran pila de agua con pequeñas vasijas de barro en las que había que acertar a introducir monedas.

Las niñas parecen pasárselo bien. Ana y Judith corretean por el patio mientras Lara intenta dar sus primeros pasitos en solitario bajo la atenta mirada de mamá.

El bus nos espera fuera para bajarnos hasta el lago Qianling. La verdad es que no se han estrujado mucho el cerebro para dar nombre al lugar. El lago Qianling está situado bajo el monte Qianling, dentro del parque Qianling…. Está claro, ¿no? A la orilla del lago nos hicimos unas fotos y fue allí donde el conductor de nuestro autobús se ganó para el resto del viaje el sobrenombre de “Mister Chesterfield”. Aquel tipo tan alto fumaba como un carretero y, al ver mi paquete de Chesterfield, se me acercó con curiosidad y se lo regalé. Aunque apenas estaba por la mitad cuando se lo di, varios días después cuando nos llevó al aeropuerto, en el que sería nuestro último viaje en aquel bus azul, aún conservaba aquel paquete de tabaco como oro en paño. Una vez entrado en el tema, para los que tengáis, como yo, el mal hábito de echar humo por la boca, ni se os ocurra regalar a nadie vuestro tabaco, porque después tendréis que probar el infumable tabaco chino, cuya única gracia es la bonita decoración de sus cajetillas.

Después de las fotos, dimos un paseo por la orilla del lago hasta un pequeño pabellón donde se mostraba una exposición fotográfica sobre la etnia “Miao”, muy extendida en la provincia de Guizhou y visitamos a un calígrafo. Allí nos propusieron comprar los típicos pergaminos con los nombres de las niñas en caracteres chinos… pero Mónica y Natalia nos advirtieron de que eran muy caros y que ellas nos los conseguirían muchísimo más baratos en Beijing.

Ya es hora de comer, así que nos vamos a un restaurante del centro. Después de comer tendríamos el resto del día libre, pero nosotros necesitábamos comprar algo más de ropa para Lara, porque el centro comercial Wall Mart en el que estuvimos ayer no nos sacó mucho del apuro. Aunque los precios eran económicos, la sección infantil nos había resultado más bien escasa, tanto en variedad como en tallaje. Se lo contamos a Natalia y nos programó rápidamente una tarde de compras por el centro. Entre las demás familias, quien más, quien menos también necesitaban comprar algo más para sus peques, así que la idea fue bien acogida y nos fuimos todos juntos a un centro comercial muy cercano al restaurante.

El centro comercial, de cinco plantas, era al más puro estilo “cortinglés”. Con dos particularidades: La primera que no aceptaba tarjetas de crédito extranjeras. Comprobamos más tarde en Beijing que esto es bastante común en China. Ya puedes llevar encima VISA, MasterCard, AmericanExpress o lo que sea, que como la tarjeta no esté emitida por un banco chino, no te la aceptan como medio de pago en ningún comercio. Al final, nuestras tarjetas de crédito sólo servían para sacar dinero en algún banco (no recomendable en cajeros automáticos)… pero, por supuesto no las utilizamos porque, como ya se comentó en un capítulo anterior, la forma más barata de cambiar dinero es en los bancos.
La otra particularidad (común a todos los centros en que estuvimos) era la forma de pagar un producto. Sobre todo en las secciones textiles. En España escoges un producto y luego vas a la caja de la sección correspondiente, pagas y hasta luego. Aquí en China es un pelín mas complicado. Escoges una camiseta, por ejemplo. Pero la camiseta que te gusta debe quedarse donde estaba. Una de las dependientas de la sección te hará un tique del producto, un tique por duplicado… uno de ellos hay que entregárselo a la cajera de la sección correspondiente, se le paga y entonces te devuelve otro tique-comprobante. Con este último hay que volver a la dependienta anterior (que normalmente se ha ido a la otra punta de la sección a atender a otro cliente) y entregárselo (tanto el comprobante de pago como una de las copias que te había entregado al principio). Sólo entonces te dejará llevarte la camiseta acompañada de copia de tique del producto y copia del comprobante de pago. Al final, hay que pedir una bolsa para llevarse la compra y dos bolsas para los tiques.
En este centro comercial sí que encontramos todo lo que necesitábamos. Aunque era sensiblemente más caro que el Wall Mart, debido a que teníamos una planta entera dedicada a ropa infantil y juguetes, teníamos muchísima más variedad.
En cuanto a precios… había de todo, pero el centro no era de los más baratos que conocimos por aquí. Eso sí, las peques se lo pasaron en grande en la planta infantil, sobre todo en la sección de juguetes.

El resto del día transcurrió de lo más tranquilo, paseando por los alrededores del hotel.

15 enero, 2007

7. Excursión a Jiaxiu

Nuestra niña por fin, había conseguido vencer sus miedos y se había quedado dormida como un angelito. Afortunadamente, nada ni nadie perturbó su sueño en toda la noche.

Martes, 19 de septiembre. Segundo día con nuestra hija. Primer despertar con Lara. Después de la intensa “batalla” de anoche, temíamos algo similar en su despertar, pero cual fue nuestra sorpresa que, a eso del las siete de la mañana, Lara se despierta y nos despierta, no con llantos como temíamos, sino con una de sus gratificantes sonrisas. Con gestos y sonrisas, nos parecía decir:
“¡A levantarse perezosos, que aquí está la señorita Ai Ping dispuesta a cambiar vuestras vidas… a levantarse, Ar!!”

Y vaya si nos levantamos. Contentos como castañuelas por la buena reacción de la peque al desperezarse, nos preparamos para afrontar el que sería nuestro tercer día en China, el segundo día de la familia Rodríguez Guardo al completo.
Como Lara hacía gala de tan buen humor (el mismo buen humor que le acompañaría desde entonces), intentamos darle otra vez el biberón para desayunar. Pero no había manera. Por su insistencia en rechazar el bibe, desistimos. Rakel volvió a la carga con la leche con cereales, esta vez en formato papilla, pero que si quieres arroz, Catalina!! Esta vez, quien sufrió las consecuencias fue la cuchara, que apareció en la otra punta de la habitación y, por su puesto la moqueta, las camas y nosotros mismos. Todos terminamos probando la dichosa papilla… Todos menos Lara, que sonriendo, apuntaba al paquete de galletas sin gluten. Desistimos de más intentos. El biberón no lo ha vuelto a probar. Vamos, ni lo hemos intentado. No lo quería ver ni en pintura. Las papillas, una vez en casa, las devora, pero en China, nunca conseguimos que se las comiera.

Bajamos a desayunar al buffet (el desayuno iba incluido en el precio de la habitación). La sentamos en una trona y, en cuanto le pusimos el babero, se le iluminaron los ojos. Con lo poco que había comido durante el día de ayer, debía estar muerta de hambre. Eso creíamos. Lo cierto es que Lara nos sorprendió y nos sigue sorprendiendo por lo bien que come. Come de todo, no le hace ascos a nada y tanto en China como ahora en casa, da buena cuenta de todo lo que le pasa por delante.
El buffet del hotel estaba muy bien. Había de todo. Comida china, occidental, bollería, mucha fruta… por cierto, hablando de fruta, a las niñas les encantaba la sandía y, concretamente con Lara, teníamos que tener un especial cuidado de que no viera ni un trocito de sandía, porque si no lo dejaba todo y se tiraba (literalmente) a ella. Después de desayunar, siempre le dábamos un buen trocito de sandía, que devoraba con un ansia que daba miedo. Al principio se lo dábamos en trocitos, pero tanto insistía, que en seguida la dejábamos que la cogiera ella misma con las manos. Se ponía perdida, pero en fin… daba gusto ver como se la comía.

Hoy teníamos previsto visitar la pagoda Jiaxiu, situada sobre el río Nanming, en el centro de la ciudad. A las diez llegó el autobús a recogernos. Como siempre, tuvimos que volver a recorrer media ciudad entre el caos circulatorio, pero ya no nos sorprendía lo más mínimo nada de lo que acontecía al otro lado de las ventanillas del autobús. Ahora sólo teníamos ojos para nuestras pequeñas. Cada mirada de Andrea, cada gesto de Judith, cada balbuceo de Ana, cada sonrisa de Lara, lo celebrábamos todos como si hubiéramos descubierto otro mundo… Y, de hecho, de alguna manera, lo estábamos descubriendo. A marchas forzadas, tratábamos de descubrir cada secreto de nuestras pequeñas. Tratábamos, en definitiva, de recuperar el tiempo perdido.
Es algo difícil de explicar. Tan sólo llevamos 24 horas juntos, pero tal parece que Lara ha estado con nosotros toda su vida. Todavía nos queda muchísimo camino por recorrer juntos para llegar a conocernos mutuamente, pero da la impresión de que le hemos caído bien y que nos acepta de buen grado. Ahora nos damos perfecta cuenta que esto de la adopción es mutuo y que lo más importante ahora es que ella nos adopte a nosotros.

Llegamos por fin a la pagoda Jiaxiu. El autobús nos deja en una plaza, frente a la entrada a la pagoda. La curiosidad del pueblo chino es realmente alucinante y rápidamente nos vemos rodeados una vez más por multitud de transeúntes. Nuestra curiosidad también se hace palpable al observar una exhibición de un vendedor de peonzas. Se trata de peonzas mucho más grandes que las que estamos acostumbrados a ver y las hacen girar a base de darles latigazos con un palo en cuyo extremo está atada la cuerda con la que previamente se lanza la peonza. Las hay de madera o metálicas, y estas últimas emiten un agudo zumbido que resuena en toda la plaza.
Seve y Jose Luís se atreven a probar a darles latigazos a las peonzas, ante las risas de los curiosos, ya que no es tan fácil como parecía en un principio.
Antes de adentrarnos en la pagoda, Celine y Natalia nos explican un poco su historia y es verdaderamente curioso ver como muchísimos viandantes se paran y se meten entre nosotros para escuchar atentamente las explicaciones de nuestras guías. Dado que las explicaciones son en español, resulta sorprendente la atención que muestran a sus palabras y como nos miran a nosotros sonriendo y asintiendo con la cabeza.

Según nos cuentan, Jiaxiu es el monumento más emblemático de la ciudad. Se eleva, majestuoso, sobre una gran piedra de aoji, que recuerda vagamente una tortuga legendaria inmensa y un puente fu-yu une las dos orillas del río Nanming. Este complejo arquitectónico chino tradicional se construyó en 1598 durante la dinastía Ming y ha sido restaurado recientemente. Hay muchas piedras talladas, poemas y versos, entre ellos un verso antitético de 170 caracteres chinos que resume los cambios históricos de Guiyang.

Al adentrarnos en el complejo, nos vamos dando cuenta de que pasear por éstos sitios con las niñas en sus sillas no es nada confortable, debido a que los suelos suelen ser empedrados, existen multitud de escaleras y sobre todo debido a la tradición china de poner enormes zócalos bajo las puertas de todos los palacios, pagodas, o templos. Esto evita, según antiquísimas creencias y tradiciones chinas, que no puedan pasar los malos espíritus, ya que no pueden doblar sus rodillas… La verdad es que a nosotros terminan por dolernos las rodillas de tanto saltar zócalos y subir y bajar tanta escalera. Para evitar tanto trajín a las nenas, siempre que podíamos, nos turnábamos para entrar en las estancias y no tener que llevar la silla en volandas, aunque pocas veces podíamos hacerlo, pues estos templos suelen estar diseñados de forma que para visitarlos haya que ir atravesando prácticamente todas sus estancias.
Lo que más nos gustó de Jiaxiu, fue sin duda una terraza en la parte alta del edificio central. Desde el mismo centro del río Nanming, se observan unas magníficas vistas del centro moderno de la ciudad. También allí había un curioso cuenco de bronce, al cual, si se le frotaban sus asas, se hace temblar el agua del interior hasta que saltaba como si hirviera. La física del rozamiento al servicio de la superstición.
También llama nuestra atención la parte trasera del complejo, donde está el templo budista, rodeado de grandes jardines en los que hay multitud de jaulas de madera colgadas, con sus pájaros dentro. Llama poderosamente la atención ver jardines con pájaros en sus jaulas, en lugar de estar revoloteando como en nuestros parques. Luego nos daríamos cuenta que es algo habitual. No recuerdo haber visto un ave volando durante los quince días en China, pese a haber visitado varios parques, incluso grandes parques naturales, como las cascadas Huang Guo Shu o el parque Qianling. Producto sin duda de la reciente gripe aviar.

Antes de ir a comer, pasamos por un centro comercial para hacer alguna compra para las niñas. Quien más y quien menos, necesitábamos comprarles algo de ropa. Nosotros por ejemplo, la ropa que llevábamos para Lara, la mayoría de estaba algo pequeña y lo que más nos urgía eran calcetines y zapatos. Nos cogía de camino el Wall Mart de Guìyáng. Un gran centro comercial subterráneo bajo la Plaza Popular. El centro era tipo supermercado, como un Carrefour o Alcampo y había de todo, aunque la sección de ropa infantil era un tanto escasa. El jaleo con las tallas unido al poco tiempo que teníamos, ya que teníamos reserva en un restaurante, no nos ayudó mucho a la hora de comprar todo lo que necesitábamos. Al menos encontramos una especie de pañuelos que usan como chupetes para los niños aquí en China. Habíamos observado que Lara se llevába a la boca la sábana para dormir y su cuidadora nos había advertido de la necesidad de un pañuelo para que la niña durmiera tranquila. Desde que le damos éstos que compramos en el Wall Mart, Lara duerme muchísimo más tranquila. Eso sí, solo los quiere para dormir, el resto del día no los quiere para nada… a no ser que le entre el sueño, claro.
Otro lugar curioso del centro comercial era la pescadería. Aquí si que se come pescado fresco. Tan fresco que está vivo. El pescado está vivo y coleando separado por especies en grandes acuarios y los compradores eligen. Compartían sitio con el pescado otras especies culinarias como ranas y tortugas.

Una vez acabadas las compras, era hora ya de comer. Las guías siempre nos preguntaban si queríamos comer en el hotel, o en un restaurante de la ciudad. En el hotel, siempre teníamos posibilidad de comer algo “occidental”, pastas, pizzas y poco más, además del restaurante asiático del hotel, que la verdad, no nos gustó demasiado. Pero ya que estamos en China, ¿quien se puede resistir a la tentación de probar su gastronomía? La de China de verdad, no la de los restaurantes chinos españoles. Nosotros no, por supuesto, y nuestros compañeros-amigos de viaje tampoco. Así que la unanimidad fue total y, a partir de aquel día, siempre comimos en restaurantes locales. El hotel lo dejábamos para desayunar y cenar. Claro, la ventaja es que esta vez teníamos con nosotros a Mónica, quien nos iba explicando en que consistía cada plato. Eso se agradece. Comes mucho más tranquilo cuando sabes realmente lo que te llevas a la boca. Esta vez nos llevaron a un enorme restaurante en el centro de la ciudad. Había que bajar unas escaleras y, una vez dentro, daba la impresión de estar en un enorme sótano. Un gran patio central con una barra e infinidad de mesas para comer y, alrededor varios reservados con las típicas mesas redondas giratorias. Para estar todos juntos, nos metimos en uno de ellos.
Dimos de comer a las peques y Lara, tras comerse lo suyo y parte de lo nuestro, se enfadó un poco porque tenía sueño. Para dormirse, ya habíamos descubierto que le gustaba que le dieran un paseito en la silla y, para que comiéramos tranquilos, en seguida se ofrecieron tres camareras a pasearla por el patio central. Cuando, a los cinco minutos, me asomé a ver si dormía, me encontré a la peque y a las camareras entre risotadas haciéndose monerías entre las cuatro. La pequeña Ai Ping es la alegría de la huerta y pasárselo bomba es su especialidad. Pero de siesta nada, viva la juerga.
La verdad es que la mayoría de los platos estaban deliciosos. En la mesa giratoria, nos iban poniendo cerca de una veintena de platos, muchas verduras, setas, bambú, flor de loto, y algún plato de carne de buey, ternera y pollo, además de un pescado (muy parecido al cabracho) en salsa agridulce con una presentación espectacular y al que había que hincar el diente con cuidado debido a sus enormes espinas. Eso sí, siempre había un par de platos picantes. Picantes de verdad. Menos mal que allí estaba, siempre a mano, una cerveza Tsingtao bien fresquita.
Dato curioso: en la mayoría de establecimientos, podías tomarte una San Miguel, pero, ¿quién se recorre 12000 kilómetros para tomarse una San Miguel? Vamos, hombre…

Tras la comida, todos al hotel. Normalmente, las tardes las teníamos libres. Las mañanas son para trámites, excursiones y visitas a lugares de interés y por las tardes, las guías nos dejaban la tarde libre. Eso si, si querías ir a algún sitio determinado y que ellas te acompañaran, no había ningún problema. Para eso estaban.

Tras una buena siesta, quedamos en la recepción del hotel para dar una vuelta por los alrededores y hacer algunas compras más para las nenas. Pañales, potitos, yogures, etc.
Está lloviendo. No nos extraña porque el cielo encapotado de la mañana ya lo anunciaba. Guizhou es una de las provincias más húmedas de China, con una media cercana a doscientos días de lluvia al año, por lo que todos íbamos preparados, sobre todo con los plásticos para proteger las sillas de las niñas, algo que en China es dificilísimo de encontrar. Aunque llueve mucho en Guizhou, las lluvias no suelen ser torrenciales. Orbayaba y poco más, así que nos pusimos el chubasquero y el plástico en la silla y “pa´lante”.
El paseo bajo la lluvia, fue corto, claro, pero lo suficiente para encontrar un supermercado con todo lo que buscábamos a un par de manzanas al este del hotel. Otro dato curioso: cuando se pregunta por un sitio, siempre te contestan como si llevaras una brújula en la mano:

“¿el mercado? Si, si, todo recto, tres manzanas al este. ¿el parque? Siga al norte y en el primer cruce gire al este, allí lo encontrará”

Curioso, ¿verdad?
No es que sea necesario ir a China equipado con brújula y GPS, pero conviene tener clara nuestra situación respecto al norte geográfico.

Tras la cena, a la camita… Idea que a Lara, como imaginábamos, no le agrada mucho. Nada más ver la puerta de la habitación, comienzan las protestas, pero eso sí, hemos mejorado. Las tres horas de llantos de la primera noche, se han reducido a una horita y, además, hemos conseguido que se duerma en la cunita… Vamos progresando!!

19 noviembre, 2006

6. La llegada de Lara (2ª parte)

........Ya hemos llegado al registro. Entramos en un edificio lleno de oficinas. Subimos en ascensor a otra planta y entramos todos (las cuatro familias con nuestras niñas) en una sala llena de mesas que se asemeja a un aula de un colegio cualquiera. En la sala ya estaba esperando una familia norteamericana que había acudido a Guiyang en busca de su segunda hija. Natalia nos entrega unos varios formularios y documentos y nos ayuda a rellenarlos. Mientras los voy rellenando, Rakel intenta tranquilizar a Lara. Se ha “mojado” encima de mamá. ¿Quién iba a pensar que no llevaba pañales? Días después, revisando la grabación de la entrega, vimos como la cuidadora de Lara, le quitaba los pañales sin que nos diéramos cuenta, y como con una habilidad asombrosa, se los metía en su bolso. Seguramente la cuidadora advirtió que Lara estaría mojada y se los quitó para entregárnosla lo más limpia posible.
Rakel intentó cambiarla en el baño, pero no le parecieron muy “saludables”, así que volvió y la cambiamos en un pequeño sofá que había en la sala. Al desnudarla vimos que tenía una pequeña cuerdecita atada a la cintura. Era un pequeño cordón que sujetaba sus pañales (allí siguen usando las gasas que se usaban aquí antes. Pocos son los que se pueden permitir el lujo de gastar en “dodotis”). Por suerte, íbamos bien provistos de pañales y algo de ropa. A Lara se la notaba muy cansada y, después de un buen rato de llantos, Rakel consigue que se duerma.

Aunque las guías ponían todo su empeño para ayudarnos a rellenar los formularios, todo era un poco confuso y nos limitábamos a escribir los datos que nos pedían y firmar sin rechistar donde nos decían, incluso poniendo nuestras huellas dactilares y las de las niñas en algún que otro documento. Algo que nos sorprendió pero a la vez nos alivió un poco es que no teníamos que acudir al notario, pues Natalia nos entregó unos formularios que debíamos rellenar y en los que teníamos que escribir las razones de porqué queríamos adoptar y si estábamos de acuerdo con la niña que se nos había asignado. Un poco absurdo preguntar éstas cosas a estas alturas. Desde luego, ninguno de nosotros nos habíamos desplazado a Guiyang de vacaciones… En fin, cosas de la “burrocracia”.
Natalia se encargaría de traducir éste documento y de llevarlo al notario sin que tuviéramos que acudir nosotros. La verdad es que durante todo el viaje, el trabajo de las guías del BLAS en cuanto a los trámites burocráticos fue perfecto.
Tras terminar con los papeleos y los pagos de notaría, fotos, registro y donativo al orfanato, nos hicieron entrega de copias de alguno de los documentos firmados, la cartilla de vacunación de la niña y una fotocopia del “finding ad”. El resto de documentos, nos lo entregarían días después, pues debían pasar por el notario y ser legalizados debidamente.
Desde 1999, los orfanatos chinos están obligados a publicar en un diario regional unos pequeños anuncios , los llamados “finding ad”, con la fotografía de los niños e información sobre su fecha de nacimiento, lugar y fecha donde fueron recogidos y orfanato que se ha hecho cargo de ellos, con el fin de hacerlo público por si algún familiar los quisiera reclamar y hacerse cargo de ellos.
En nuestro caso, nos entregaron una fotocopia de una página del diario “Guizhou Dushi Bao” del 15 de octubre del 2005, en el que se publican los anuncios de Lara y de otras ocho niñas del mismo orfanato. El interés estriba, más que nada, en la fotografía, de poca calidad, pero al fin y al cabo, es la primera foto de nuestra hija!!

Tan sólo nos quedaba un último paso para culminar los trámites en Guizhou. Se trataba de sacar el pasaporte de las niñas. Para eso debíamos acudir a la Comisaría Central de Policía de Guiyang, así que, otra vez al autobús a recorrer media ciudad entre el intenso tráfico. Para entonces, Lara ya se había despertado de su pequeña siesta. Aunque nos seguía mirando muy seria, a base de hacerle monerías, ya le habíamos sacado alguna que otra sonrisa. Estaba mucho mas tranquila, sobre todo después de darle una galleta, que devoraba con fluidez pese a tener sólo dos dientecillos.
Llegamos enseguida a la comisaría, por cierto, unas instalaciones muy modernas, sobre todo comparándolas con las del edificio del registro. Al entrar, oh, sorpresa!! Prácticamente toda la gente que se encontraba allí eran españoles!! Sí, se trataba de un grupo de aproximadamente 6 u 8 familias que viajaban con Andeni. Les habían entregado a las niñas ayer nada más aterrizar en Guiyang y hoy estaban formalizando los trámites, como nosotros. Por supuesto, nos olvidamos por completo de los trámites por los que habíamos acudido a la comisaría y nos pusimos todos a charlar sobre nuestras niñas. De repente, mientras charlábamos con una familia de Ávila, se me encendió una luz de alarma…
“Rakel, ¿tienes tú los pasaportes?”
“Los tendrás tú con el resto de documentos”, me contesta… a mi pesar.
Vaya cabeza la mía. Con los nervios de la mañana, se me habían olvidado en la caja fuerte de la habitación del hotel y ahora resultaban imprescindibles para que nos expidan el pasaporte de Lara. Se lo comento a Natalia y afloran los nervios otra vez…. Es mediodía, así que tenemos el tiempo justo para recorrer media ciudad para llegar al hotel, recoger los pasaportes y volver a comisaría antes de que cerrara la sección de expedición de pasaportes. Nos fuimos corriendo con Lara en brazos en busca del autobús. Aquel cacharro corría más de lo que creía, pero era demasiado grande para desenvolverse por la jungla urbana de Guiyang, por lo que para volver, Natalia nos sugirió coger un taxi para llegar más rápido a la comisaría. Y vaya que si íbamos más rápido. No sé si fue porque Natalia le metió prisa al taxista o porque es normal que los taxis circulen así, pero el único objetivo que tenía aquel tipo era adelantar a quien se pusiera por delante. No recuerdo que aquel Volkswagen verde circulara por el mismo carril más de diez segundos seguidos. Desde luego que llegamos antes que el autobús. Si el viaje al hotel duró algo así como 20 minutos, el regreso en taxi no llegó ni por asomo a la mitad.

Por cierto, el taxista iba literalmente enjaulado. Rodeado por unos enormes barrotes gordos como puños entre los que apenas cabía una mano de canto, lo que da idea de que, aunque a nosotros no nos pasó nada ni vimos nada raro, debía ser cierto aquello que habíamos leído de que era una de las capitales de China con mayor índice de violencia. En referencia a esto, decir que vimos policía patrullando las calles, pero no más o que en España, eso sí, cámaras instaladas en semáforos y en farolas vimos un montón, muchas de las cuales, apuntando a las aceras, no estaban allí para controlar el tráfico precisamente.

Una vez de vuelta en comisaría, concluimos los trámites. El grupo de Andeni ya se había ido y nuestro grupo ya había terminado y esperaban por nosotros.

Volvimos todos al hotel y, antes de comer subimos con las niñas a las habitaciones para cambiarlas, pues entre la entrega, el registro y la comisaría, aún no habíamos podido estar a solas con nuestra niña. Aunque sólo sería un ratito, sería nuestro primer ratito a solas con Lara. La pusimos sobre la cama, la desnudamos y comprobamos que tenía un cuerpo perfecto, morenito y redondito, sin una sola marca ni herida. Se nota que ha sido bien cuidada. Está estimulada y espabilada a más no poder. Al darle la vuelta nos llevamos un pequeño susto. Lara tiene unas manchas azuladas en la parte alta del culito y a mitad de la espalda. No hay que preocuparse, en seguida recordamos que se trata de la “mancha mongólica” o “mancha de Baltz”, muy corriente entre los niños de raza negra y asiática y que va desapareciendo gradualmente durante su infancia. De no haberlo sabido, no sería difícil confundirlo con hematomas, pues son muy similares.
Por lo demás todo era perfecto, tan perfecto que parecía irreal. No nos lo podíamos creer. Habíamos pasado tantos y tantos meses preparándonos para afrontar lo mejor posible cualquier problema de salud o retraso por falta de estimulación, tantos libros leídos, tanta información buscada en internet … que nos parecía imposible que nuestra hija estuviera tan bien de salud, tan espabilada, tan, tan, tan … !!

De buena gana nos habríamos quedado sin comer. Preferíamos mil veces quedarnos allí, en aquella habitación a miles de kilómetros de casa, contemplando a nuestra pequeña. Cada gesto suyo, cada mirada, cada sonrisa, cada movimiento explorando todo lo que tenia a su alcance, lo celebrábamos como algo nuevo, algo insólito, como un triunfo.
Embelesados con ella, de pronto recordamos, más que nada por sus gestos y su creciente mal humor, que en toda la mañana, Lara apenas se había comido un par de galletas y un pequeño yogur líquido, por lo que mientras Rakel se dispuso a prepararle un biberón de leche con cereales, yo me afanaba en hinchar cientos de globos para distraer su atención por el hambre creciente. Cual fue nuestra sorpresa cuando, al acercarle el bibe, Lara le pegó un manotazo que lo lanzó al suelo. Nos quedamos de piedra, mientras Lara señalaba la bolsa de galletas sin gluten que tanto le gustaban. Recordamos que su cuidadora nos dijo que le daba un biberón por la mañana y otro por la noche antes de acostarse, pero que comía sólidos para el almuerzo, así que le dimos una galleta y bajamos a la recepción del hotel, donde habíamos quedado con las demás familias para comer juntos.
Entre todos decidimos cambiar un poco y, ya que teníamos un restaurante asiático en el hotel, probarlo. Creo recordar que estaba en la tercera planta y, antes de entrar en el salón del restaurante, había que atravesar una sala de recepción y un pasillo que imitaba un puente de madera sobre un estanque con peces de colores. Todo muy suntuoso y lujoso. Nos sentaron en una de esas típicas mesas redondas enormes con una base de cristal sobre la misma que giraba a fin de que los comensales pudieran acceder a todos los platos. Las camareras nos trajeron tronas de madera para las niñas. Lara no hacía más que llamar la atención de las camareras. Hasta que no le decían algo o le hacían alguna monería, no estaba contenta. Pedimos algo para las niñas y nos trajeron un arroz caldoso muy parecido al que nos sirvieron en el avión que nos trajo a Guiyang. Para nuestro asombro, aquella especie de engrudo, les encantaba. También les gustaba mucho unos panecillos blancos del tamaño de un huevo, que iban rellenos de “algo” dulce y que Lara devoraba con fluidez. No es que comiera gran cosa, pero tampoco le dimos mayor importancia, dado que estaba siendo un día difícil para ella. Nosotros si que comimos bien, al menos yo. Entre el viaje y los nervios, apenas si había metido algo en el estómago en las últimas 48 horas, por lo que mi apetito era voraz. Eso sí, tampoco me di un festín, pues aunque todo tenía muy buena pinta y los platos que probé estaban realmente buenos, había algo que me impedía comer tranquilo y es que muchos de los platos que probábamos apenas sabíamos de que estaban hechos.
Al terminar de comer, nos moríamos por tomarnos un café, por lo que bajamos a una especie de pub/cafetería que había a la entrada del restaurante principal. Pedimos un café y nos entregaron una carta con innumerables tipos de cafés, tés y todo tipo de infusiones. Recuerdo que, aunque al principio me apetecía tomarme un cafelito, al ver la carta me decanté por tomarme un té, ya que estamos en el país que es el mayor productor y consumidor de ésta infusión. En cuanto a los cafés, la situación resultó de lo más cómica. Virgi se pidió un café con hielo y asombrados, vimos como una camarera llegaba con un vaso enorme. Al menos medio litro de café. Y encima estaba dulce a más no poder. Si se lo llega a beber todo, se podría haber pasado la noche en vela ¡! Rakel pidió un expreso y Seve un expreso doble. La camarera llegó con dos tazas de café idénticas. Café de verdad, no el agua con color que daban en el desayuno. Aunque Seve lo había pedido doble, pensamos que se habían confundido y lo dejamos así, sin darle más vueltas. Cual fue nuestra sorpresa cuando vimos que en cuanto Seve se terminaba el café, rápidamente otra camarera llegó con otro expreso. ¡Ahora lo entendíamos! El expreso doble consistía en dos cafés expresos… ¡lógica aplastante! … ¿cómo no habíamos caído antes? Mientras bromeábamos sobre quién se atrevía a pedir un expreso triple, comprobamos como nuestros tres tesoros dormían plácidamente la siesta en sus sillitas de paseo y comentábamos una y mil veces la suerte que hemos tenido con las niñas y lo increíble que nos parecía estar allí, tomándonos un café entre risas mientras nuestras hijas dormían la siesta. Tal parecía que llevábamos toda la vida con ellas, cuando en realidad, apenas hacía unas pocas horas que estábamos con ellas. En seguida llegaron dos camareras para tapar a nuestras niñas con lo que pudieran. Usaron unos manteles para taparlas, pese a que nosotros insistíamos en que no hacía falta, ya que incluso hacía calor allí. Pero ante su insistencia, las dejamos hacer. Es increíble la obsesión que tienen en China por llevar a los niños tapados y con numerosas capas de ropa como si fueran a atravesar el Polo Norte. No me quiero ni imaginar como les llevarán en pleno invierno.
Por cierto, el té baratísimo, creo que no pasó de los 20 céntimos de euro, pero los cafés, como son un producto que allí apenas se consume es un artículo de lujo y nos “clavaron” alrededor de 3 euros por cada uno. Decidido, a partir de hoy me decanto por el té, que lo preparan de cine, está “tirao” de precio y además ayuda a las digestiones…

Cuando las niñas se despertaron, subimos a la habitación a cambiarlas, ya que tenían una sudada de escándalo. En ese momento lo achacamos al mantel con el que las habían tapado pese a que hacía calor, pero más adelante fuimos comprobando que, al menos Lara, suda muchísimo, sobre todo la cabeza, cuando duerme. Al despertarse, está igual que si se acabara de duchar.
Al entrar en la habitación, Lara puso mala cara y se echó a llorar. No le gustaba nada entrar en aquella habitación. Menos mal que por allí andaban la veintena de globos de todos los colores imaginables y todos los peluches y juguetes que le habíamos traído. Pero los globos son los que más nos han ayudado a entendernos con ella. Los hinchábamos muy poco por miedo a que se asustara si explotaba alguno, pero cual fue nuestra sorpresa cuando mordió uno, explotó y, tras unos segundos de cara de susto y sorpresa, exclamó: “¡pum!, ¡pum!” y soltó una carcajada que nosotros celebramos como un gol en la final del mundial.

Tras unos momentos de risas y juegos, comprobamos que a Lara no le gustaba mucho estar encerrada en la habitación, así que bajamos a la recepción con la intención de dar un paseo. Salimos las tres familias a dar un paseito y aprovechamos para comprar algunas cosas para las niñas en el super cercano al hotel. Si cuando íbamos solos llamábamos la atención, ahora con las niñas más aún si cabe. Por las calles todos nos miraban como si estuvieran viendo a auténticos extraterrestres. Primero nos miraban a nosotros. Descaradamente, sin pudor alguno. Luego a las nenas. Y entonces, otra vez a nosotros, pero con más cara de sorpresa, si cabe. En el super, todo se paralizó, incluso la cajera dejó de teclear para posar su mirada en nosotros. No es fácil acostumbrarse a ser el centro de las miradas, pero hay que asumir que a partir de ahora somos familias que llamamos un poco la atención y ¿qué mejor entrenamiento que la forma tan exagerada de mirarnos en China?

Tras un corto paseito por los alrededores del hotel y comprar algo para las nenas (nosotros sólo pequeños yogures bebibles, que le encantan), volvimos para cenar (otra vez rechazaba su biberón y comió algo de arroz y huevo revuelto) y muy pronto subimos a la habitación. Estábamos realmente cansados. Había sido un día duro, sobre todo muy cargado de emociones. Pero una vez que Lara ve la puerta de la habitación, comienza a llorar. De nuevo, no quiere entrar, pero con la misma estrategia de globos y juegos que nos había resultado por la tarde, se tranquiliza. Pero sólo un poco.
Ante su nerviosismo, renunciamos a bañarla. Bastante ha pasado ya hoy como para meterle más emociones en su cabecita. Le ponemos el pijama y, es entonces cuando creo que se está dando cuenta de que aquella situación no tiene marcha atrás. De que, aunque parecía haber cogido confianza con nosotros a lo largo de la tarde, ya se estaba terminando el día, era hora de dormir y quería estar con la familia que hasta hoy, le habían ofrecido toda la seguridad que ahora tanto necesitaba. Rompió a llorar y no paró durante tres horas. Tres horas de llanto desesperado. Tres horas de reloj, con todos y cada uno de sus minutos en los que no cesó de llorar, cada vez más fuerte, impasible ante nuestros intentos de consolarla. Meterla en la cuna era como un martirio para ella. Lloraba más y más hasta quedarse prácticamente sin respiración. Ya no sabíamos que hacer para acabar con su sufrimiento, no quería ni ver la cuna ni la cama delante. Tan sólo quería estar en brazos de su madre, pero sin dejar de llorar ni un instante, a pesar de nuestros intentos por tranquilizarla… hasta que con gestos nos suplicó que la posáramos en el suelo. Se nos rompió el corazón al ver como, a gatas y sin dejar de llorar, recogía sus cosas, su caracol de peluche y su pequeña mochila (la que nos entregó su cuidadora con su biberón, leche y cereales en el interior) y avanzaba, gateando con decisión hacia la puerta gritando “máma, máma, máma…”. Fueron sin duda, los momentos más duros que recuerdo.
Recordé que no hubo manera de que durmiera la siesta hasta que la metimos en su cochecito y le dimos un pequeño paseo por el hotel así que, desesperados, probamos a intentarlo de nuevo. La metí en la silla y, como no había espacio suficiente, salí de la habitación con la intención de pasearla por los pasillos. Tan solo con ver abrirse la puerta, sus ojitos encharcados en lágrimas se abrieron como platos. Se calmó durante un instante. Creía haber conseguido lo que tanto deseaba. Pero no tardó en darse cuenta de que no íbamos a ninguna parte, por lo que volvió a llorar. Ahora, con más fuerza y desesperación aún. Lo único que conseguí con mis intentos, sin duda, fue despertar a todos los huéspedes de la planta 26 del Howard Johnson.
Ya que no quiere ver la cuna ni en pintura, Rakel la mete con ella en su cama y, tras unos minutos con ella, por fin, totalmente extenuada y de puro cansancio, deja de llorar. Parece un ángel. La “batalla” contra sus miedos ha sido larga y estamos cansados, muy cansados, pero no podemos apagar la luz sin estar antes unos minutos contemplando a nuestro angelito. Lo hemos pasado mal, pero ella lo ha pasado aún peor, mucho peor. Apagamos la luz con el fuerte deseo de que ningún mal sueño la despierte de su descanso.

Buenas noches, mi amor... hasta mañana...

06 noviembre, 2006

5. La llegada de Lara (1ª parte)

Siete y media de la mañana del 18 de septiembre de 2006.

Para nosotros es el primer día de nuestra nueva vida... hoy seremos padres!!!.
Por supuesto, también será el primer día de la nueva vida de Lara Ai Ping... pero ella aún no lo sabe.
Un año, un mes y un día después de su nacimiento, Lara nos conocerá. Conocerá a sus padres.
Intento desayunar algo del bufet del hotel, pero los nervios no me dejan. Intranquilo, me tomo un café y salgo a tomar un poco el aire. Pese a lo temprano que es, las aceras de la avenida están ya atestadas de gente. Debe de haber algún colegio cercano, pues se ven muchas madres con niños cargados con sus mochilas y sus libros.

Me acerco a la marquesina de una parada del autobús que hay frente al hotel. En un momento, me giro y veo entrar al hotel a gente con niñas pequeñas en sus brazos. La última pareja se me queda mirando, y se dicen algo señalándome, como si me hubieran reconocido. En ese momento se me enciende una luz: ¿serán la familia de acogida de Lara? ¿me habrán reconocido por la foto que les enviamos? ¿será esa niña, que no alcanzo a ver su cara, mi hija? No puede ser… nos habían dicho que la entrega sería a las ocho y media y aún no son las ocho. Pero algo me dice que pueden ser ellas. Corro al hotel y entro tras ellos. Al entrar, reconozco a Ana, la hija de Javier y Ana, y la otra niña, que veía de espaldas, me pareció Judith, la niña de Virgi y Seve. A los que parecían haberme reconocido, les había perdido de vista. Rápidamente, corrí al restaurante a buscar a los demás y, tras avisarles, todos corrimos, nerviosos a la recepción.

Ahora sí. No había dudas. En los sofás de la recepción, estaban las familias de acogida de Ana y Lara con nuestras hijas en brazos. Faltaba Judith y eso, pese a la emoción, hizo que por un momento cundiera el nerviosismo y la incertidumbre. Pero fue sólo un instante, imagino que eterno para sus padres, pues Judith llegó a su hora. Simplemente las otras se habían adelantado a la hora prevista.

Nos acercamos a nuestras niñas con una mezcla de temor y explosión de sentimientos por estar viendo a nuestras niñas tan cerca y no poder cogerlas aún.
Mónica nos insiste mucho en que estemos muy tranquilos, o al menos que diéramos la apariencia de estarlo y que intentáramos sonreir lo más posible, para así transmitirles confianza. Tiene razón. Bastante cambio van a sufrir las niñas como para encima transmitirles nuestros nervios.
Les hicimos señas a sus cuidadores de que era nuestra hija y ellos asintieron sonriendo. Mónica nos ayudó a romper el hielo entablando conversación con ellos. Venían con Lara su “madre”, “padre”, “tía” y “abuela” de acogida. Aunque así se nos presentaron, preferimos el término “cuidadores”. Y así los nombramos desde entonces para referirnos a ellos.
Lara viene con un vestido y un pantalón amarillos y camisa blanca con topitos. Tiene en sus manos el caracol de peluche que le enviamos por correo y tiene el pelo muy largo, quizás por ello la confundí al verla de lejos, con Judith. Por eso, por los nervios y, porque se te mete tanto en la cabeza la imagen de la fotografía que tienes de tu hija que cualquier cambio hace que no parezca ella en un primer instante. Pero es ella, es Lara. No cabe duda. Su carita y su sonrisa la delatan. Me acerco a ella mientras Rakel lo graba todo en video y le doy un muñeco musical en forma de gusanito de colores que recoge con entusiasmo y curiosidad. Nos regala una de sus sonrisas y nos hace derretir…
Llega el director del orfanato y subimos todos a la séptima planta, donde se hará la entrega de las niñas. Es una sala de reuniones y cada familia se sienta junto a los cuidadores de sus hijas.
En un principio nos habíamos imaginado la entrega de otra manera y habíamos hablado que unas familias nos grabaríamos a las otras, pero la entrega era todos a la vez, así que uno debía grabar mientras el otro hablaba con los cuidadores. Como nosotros no queríamos perdernos detalle, decidimos poner la cámara sobre la mesa grabando.
En ese momento entran Seve, Virgi y Judith con la familia de acogida de ésta y todos respiramos aliviados. Ya estamos todos.
La cuidadora de Lara, hace tiempo ya que no para de llorar. Son momentos muy emocionantes para nosotros y muy duros para ellos. Han criado a Lara desde que tenía un mes de vida y ahora, pese a que se alegran de que haya encontrado a unos padres, sufren la pérdida de “su” niña. Su marido también estaba muy afectado, se le veía muy nervioso y hubo un momento muy entrañable, en el que se abrazó a Lara diciéndole algo al oído, como despidiéndose. La verdad es que son momentos muy, muy duros. Momentos que llevas deseando desde hace tanto tiempo. Momentos que imaginas de gran emoción y alegría. En realidad son momentos de sentimientos encontrados. Por un lado sientes una inmensa felicidad por estar, por fin, junto a tu hija… y por otro, te ronda una sensación de culpa por lo mal que lo está pasando ésta gente.
Su cuidadora, Mo Li , nos entrega un pequeño álbum con fotos desde que era pequeñita, un cd con más fotos de Lara con su familia de acogida, su dirección para que les enviemos fotos más adelante y la cámara desechable que les enviamos, así como el listado de preguntas, que también les habíamos incluido en el paquete, totalmente contestado. Como nos lo había contestado en chino (lógicamente), Natalia le volvió a preguntar todo el formulario para traducírnoslo.
Lara estaba muy tranquila y sonriente.

El director del orfanato le hace indicaciones a Rakel para que coja a la niña, pero Mo Li se aferra tanto a ella que no se atreve aún a cogerla en brazos…. Con lo que lo está deseando!!
Les entregamos nuestro regalo y, por fin, tras decirle algo al oído y darle un beso, pone a Lara en los brazos de Rakel y rápidamente desaparecen, de manera que Lara no se de cuenta. No nos dimos cuenta ni nosotros mismos, pues ya sólo teníamos ojos para nuestra hija. Más tarde nos dimos cuenta de que se habían ido tan sigilosa y rápidamente que no nos había dado tiempo de despedirnos y de agradecerles lo que habían hecho por Lara. Mejor así… de otra forma Lara se podría dar cuenta de que se iban sin ella y habría sufrido muchísimo más.

Tras unos instantes, nos llaman para hacernos las fotos para el libro de familia chino. Es la primera fotografía que nos haremos los tres juntos. Lara no quiere ni oír hablar de hacerse fotos, mucho menos delante de tanta gente desconocida para ella… y rompe a llorar. Está rodeada de desconocidos y ha perdido de vista a los que considera su familia.
Al volver a la sala, se tranquiliza. La pongo de pié en el suelo y, de la mano, camina buscando a sus cuidadores. Cada vez que da la vuelta a una mesa y no los ve, rompe a llorar. Tratamos de consolarla, pero sigue buscando. Lara es la que peor se toma los primeros momentos con sus padres. Es la única que llora en la entrega.
Ana nos sorprende por lo bien que está reaccionando. La más morena del grupo es un torbellino de veinte meses que no para de jugar y reírse, mientras Judith, de la misma edad que Lara, parece tomárselo también bastante bien y nos sorprendía lo bien que caminaba, con ese estilazo de modelo.

El autobús nos espera en la calle. Es hora de ir al registro. Durante el corto trayecto en bus, Lara no deja de mirarnos fijamente, muy seria y asustada. A nuestros intentos por hacerla sonreir, tan sólo responde con llantos y “pucheros” y, cuando se calmaba, nos mira muy seriamente como pensando: ¿Quiénes serán este par de narizotas?, ¿a dónde me llevan, y por qué me hablan de forma tan extraña?
A saber lo que le pasaría por la cabeza en esos momentos….

26 octubre, 2006

4. Por las calles de Guiyang



Acabamos de aterrizar en Longdongbao, el aeropuerto de Guizhou. Nos separa tan sólo media hora por carretera de Guiyang. Las distancias son un concepto muy relativo en China y se miden por tiempos y no por kilómetros. Nunca hay que fiarse mucho, porque los chinos son demasiado optimistas en sus cálculos.

Según Natalia, Guiyang (se pronuncia Kuiyang) es una ciudad pequeña. Otro concepto bastante relativo en China, son los tamaños. En China todo es enorme, por lo que una ciudad de bastante más de un millón de habitantes, les parece pequeña. Bañada por el río Nanming, Guiyang está considerada como una de las capitales chinas más contaminadas y con mayor índice de delincuencia. Es un importante nudo de comunicaciones, especialmente ferroviarias, y uno de los mayores centros de producción de aluminio, carbón y bauxita de China.
Al subir al pequeño bus, nos ofrecen unos botellines de agua y emprendemos marcha al hotel. Avanzamos por una autopista de hormigón de tres carriles bastante bacheada en la que de repente te puedes encontrar con gente caminando, motocicletas prehistóricas repletas de fardos o lo que es peor, alguna que otra bicicleta en sentido contrario… todo normal, al parecer. Al poco comenzamos a entrar en la ciudad de Guiyang. Se aprecian grandes edificios en bastante mal estado. Da la impresión de que aquí se construye un edificio y se mantiene igual hasta que se cae a pedazos. Si se les diera una lavadita de cara a los edificios, ésta ciudad ganaría mucho y dejaría de ser tan “grís”. Nos llamó mucho la atención el que muchos edificios tenían rejas en las ventanas, unas rejas que sobresalían de la fachada a modo de balcón y que muchos, con unas tablas, les hacían “suelo” y los convertían en auténticos trasteros. Algunos de éstos trasteros improvisados albergaban tal cantidad de cosas, que ni siquiera se podían ver las ventanas.

Se ve muchísima gente por las calles y multitud de comercios, la mayoría en locales totalmente abiertos, sin escaparates ni fachada. Tan sólo una persiana metálica que se cierra por la noche. La mercancía se agolpa desordenada y ocupando parte de las aceras y cada comercio se especializa en vender cualquier cosa que se pueda uno imaginar.

Nos adentramos más en la cuidad, y vemos como los edificios van cambiando de aspecto y nos encontramos con un paisaje mucho más moderno, con altísimos hoteles y edificios de oficinas. Sin duda, Guiyang es una ciudad que crece “a lo alto” porque su espacio físico es limitado al estar rodeado de montañas.
Estamos atravesando el centro y se nota, no sólo por el considerable aumento de tráfico, sobre todo por la arquitectura, más alta y moderna y por los comercios, más “occidentalizados”. Sin embargo, el paisaje sigue lleno de contrastes. Grandes hoteles de lujo rodeados de casas desvencijadas, lujosos coches de tecnología alemana circulan junto a carros tirados por bicicletas y autobuses que se caen a pedazos abarrotados de gente.

Atravesamos la ciudad y enseguida nos vemos inmersos en un tráfico tremendo. Sigue habiendo multitud de bicicletas por todas partes, pero el coche ya es el rey en las carreteras chinas. Conducir aquí se me antoja imposible. El tráfico es un caos tremendo. Aquí los intermitentes apenas se utilizan y las luces sólo se encienden cuando de verdad ya no ven nada. Las señales, las pocas que se ven, son meramente decorativas, eso sí, los semáforos se respetan a rajatabla. Unos semáforos bastante curiosos, pues incorporan una pantalla con cuenta atrás para saber cuado se van a abrir o cerrar.
Verdaderamente, la circulación es todo un caos, organizado imagino, por algún extraño código de pitidos (conducen con una mano en el volante y la otra en el claxon ), porque si no, no me explico como no hay accidentes cada cuatro metros. Eso sí, los conductores, pese al intenso tráfico, no pierden los nervios como solemos hacer nosotros con mucho menos caos y conducen muchísimo más despacio que nosotros. Es una muestra, como descubriríamos durante nuestra estancia en el país, de que los chinos se toman la vida con otra filosofía, con mucha mas calma que nosotros.

Al fin, llegamos al hotel, el Howard Johnson Plaza, un cinco estrellas que en España no pasaría de cuatro. Estábamos situados en una gran avenida, (Zaoshan Road), muy concurrida al noroeste de la ciudad, muy cerca del parque Qianling, declarado como Reserva Natural. El hotel es un enorme edificio de 31 plantas en el que disponemos de piscina, gimnasio, dos restaurantes y toda una serie de servicios que, sin duda, no tendremos tiempo de utilizar.

Nada más bajar del bus, varios mozos recogen los equipajes y tras presentarnos en recepción, nos alojan en la planta 26, vecinos de puerta de Javier y Ana. La habitación no está nada mal. Dispone de dos grandes camas (altísimas, casi hay que saltar para subirse a ellas), una cuna de madera para la niña, calentador de agua para hacer los biberones, aire acondicionado, nevera, caja fuerte, conexión a internet, etc. Y el baño, lo que más nos gustó, muy grande, con bañera, plato de ducha y una bañerita de niños. Ah! y con una cuerda extensible que hace la función de tendedero y a la que le sacamos buen partido. Lo mejor, dada la altura en la que nos encontramos, son las vistas. Desde la habitación dominamos buena parte de la ciudad. Desde lo alto, se aprecian aún mas los contrastes. Al oeste, bajo el hotel, podemos ver lo que parece un laberinto de callejones de un barrio cuyas pequeñas y destartaladas casas parecen caerse a pedazos, más al sur, el paisaje verde y montañoso típico de la región y al este, descubrimos la grandiosidad modernista del centro de la ciudad.

Volvemos a bajar a recepción para decidir donde comer algo. Al bajar, lo primero que hacemos todos es cambiar algo de dinero. Es mejor cambiarlo en la recepción del hotel, porque en los bancos se llevan una buena comisión. Lo único que hace falta es presentar el pasaporte y te cambian euros o dólares sin problema. La única comisión que se lleva el hotel son los céntimos. Siempre que te cambian dinero, te lo redondean a la baja y se quedan los céntimos, pero dado que diez yuanes equivalen a un euro, la máxima comisión que te cobran son diez céntimos de euro.
Como ya es algo tarde, decidimos picar algo en el restaurante del hotel, y al entrar, nos encontramos con Sabina y Jose Luis. Son una familia valenciana que tramitan su adopción con la ECAI Piao y, como fueron los únicos asignados de ésta ECAI en la provincia de Guizhou, el BLAS nos consultó si podrían integrarse en nuestro grupo durante su estancia en Guiyang y así compartir los gastos de guías, excursiones, etc. Por su puesto, aceptamos.
Sabina y Jose Luis están en la ciudad desde ayer y están muy nerviosos porque les entregarán a su hija Andréa esta misma tarde. Ya han terminado de comer, y tras saludarnos se van a prepararse para el gran momento. Vienen acompañados por Mónica, colaboradora de Piao que les hace de guía. Mónica se queda un poco con nosotros y, ante nuestra sorpresa, nada más oír hablar a Rakel, deduce que es de Gijón. Mónica es catalana de nacimiento, de padre barcelonés y madre gijonesa, por lo que está encantada de haber coincidido con una familia catalana y otra asturiana. Es una chica encantadora que un buen día (hace ya cuatro años) decidió irse a vivir a Pekín. Habla chino perfectamente y ejerce de guía y colaboradora de la Asociación de Ayuda a la Infancia China, PIAO. Más adelante vereis que fue una ayuda importante en el viaje, pues nos dio a todas horas trucos y consejos para movernos por la ciudad, compras, comidas, consejos con las niñas, etc. , además de enseñarnos como viven en China, sus costumbres, y ayudarnos así a comprender mucho mejor éste enorme y complejo país. Vamos, la guía perfecta.
De repente nos encontramos con que éramos cuatro familias acompañados por tres guías. Más no se podía pedir.

Va llegando la hora de la entrega de la niña de Sabina y J. Luis, por lo que Mónica se despide de nosotros, no sin antes conseguirnos unas tarjetas para llamar por teléfono a España. Son tarjetas de China Telecom y, por 20 Y. podemos hablar poco mas de 15 minutos.

Aunque cansados por el viaje, aún nos quedaba casi toda la tarde por delante y, para relajarnos un poco, decidimos dar un paseo por los alrededores del hotel. Antes de salir, aparece Natalia para entregarnos unas notas en las que nos había escrito la documentación y el dinero que deberemos llevar al registro mañana.

Salimos del hotel y lo primero que nos llamó la atención fue, precisamente, que los que llamábamos la atención éramos nosotros... y mucho. Nunca me había sentido tan observado. Todo el mundo nos miraba, giraban sus cabezas a nuestro paso y muchos extrañados, como si vieran un grupo de bichos raros y los niños nos señalaban y se reían. Está claro que Guiyang no es un lugar muy turístico y el encontrarse occidentales por la calle, extrañaba a la mayoría. Durante la semana que permanecimos aquí, encontramos poquísima gente occidental y la inmensa mayoría de los que vimos, habían venido en busca de sus hijas, al igual que nosotros. Es una sensación extraña el ir caminando por un lugar en el que te llama la atención cualquier cosa que ves y sin embargo, darse cuenta de que quien más llama la atención a los demás eres tú mismo.
A mano izquierda del hotel, muy cerquita, encontramos el supermercado que nos había indicado Mónica. Es un super pequeño, pero tiene un poco de todo. Lo inspeccionamos bien para tener controlado todo lo que podamos necesitar para nuestras niñas. Hay pañales (Los Pampers de color verde son los mejores que encontramos) leches y cereales para biberones, etc. Decidimos entre todos comprarles unos regalos para las familias de acogida de nuestras niñas. Un detalle con el que expresar nuestro agradecimiento por haber cuidado de nuestras hijas.

Bajamos por Zaoshan Road, la avenida del hotel y, como a 200 metros más o menos, giramos a la derecha para encarar “una típica calle china”, como nos la había descrito Mónica. Es una calle estrecha, cuesta arriba y caminamos por la calzada porque las aceras son estrechas y están ocupadas por gente que se sienta sobre pequeñas banquetas a jugar a las cartas o a un juego similar a nuestro dominó. La calle está muy sucia y hay una mezcla de olores que te tira de espaldas. Los edificios son mucho más bajos que los de la avenida del hotel, no más de cuatro o cinco plantas, y son viejos y destartalados. La intimidad no se lleva en China. Salvo en el centro de la ciudad y en los hoteles, no hay cortinas en las ventanas de las viviendas y desde la calle, se ven sus estancias. Los tendidos eléctricos, una auténtica tela de araña sobre nuestras cabezas que mete miedo. Hay multitud de diminutos comercios, pequeños chiringuitos en los que se vendía de todo, muchas peluquerías, alguna de ropa, de telefonía (aquí nos compró Mónica las tarjetas) y la mayoría de comida. Diminutos “bares” donde servían comida que podías ver como preparaban, sobre todo lo podías oler. Olía a una mezcla de aceites requemados y los “chiringuitos” no llamaban la atención por su limpieza precisamente. La comida no tenía mal aspecto pero, mejor no arriesgarse… Aunque todos llevábamos la cámara, no nos atrevimos a hacer muchas fotos, pues era nuestra primera salida y no sabíamos si molestaría a la gente. Según avanzábamos por la calle, los olores y la suciedad de las calles iba en aumento, por lo que decidimos posponer la “aventura” y dar media vuelta hacia la avenida, más concurrida y segura.
Según bajábamos, unos chicos se dirigen a nosotros: “hello, yankis, hello” a lo que yo, en un perfecto “chinpañol”, les respondo: “mei yanki, mei. Xi ban yá, nosotros xi ban yá” (de yankis nada, majete. Españoles, nosotros españoles) . A lo que los pobres chavales, como imaginaba, me miraron como si les hubiera hablado en polaco. Entonces les dije: “Xi ban yá, xi ban yá. Alonso, Alonso” a lo que contestaron: “Aaaah!! Jajaja, Fernando Alonso…..” (y algo más entre risas que nunca sabremos).
Lo sabía, la “alonsomanía” no conoce fronteras!!!

Seguimos camino entre risas y avanzando por la avenida, llegamos a un gran cruce. El tráfico es intenso. Cruzar es una aventura. Atravesar seis carriles en aquella jungla de coches se nos antojaba imposible. Los pasos de cebra pintados sobre la calzada, deben de ser eso… pasos para cebras, porque a los peatones, nadie les cede el paso, ni hablar. Estudiamos la situación. Descubrimos que hay un paso subterraneo para cruzar. Pero la gente cruza la calzada corriendo y esquivando los coches como pueden. Volvemos a estudiar la situación. Cruce = Peligro de atropello. Subterráneo = Incógnita indefinida. Decidimos probar suerte y lanzarnos al subterráneo y… oh, sorpresa!! Aquello era un paso de peatones subterráneo, o un gran almacén de telefonía móvil? Jamás habíamos visto tal cantidad de teléfonos en tan pocos metros cuadrados. Cientos de diminutos puestos de venta de móviles, allí había de todo, desde los antiguos Motorola “ladrillo” hasta el más novedoso Nokia de última generación, pasando por todo tipo de accesorios. Había tal cantidad de gente, que el calor se hacía insufrible.

Por fin conseguimos llegar al otro lado de la avenida. Llevábamos toda la tarde buscando donde comprar un cepillo para el pelo para Rakel, que se lo había dejado en casa. Preguntamos como pudimos (con señas, claro) en multitud de comercios, pero no lo encontrábamos, hasta que por fin, en uno de tantos puestos ambulantes donde te venden de todo, encontramos uno. Era nuestra primera compra “al regateo”. Nos pidieron 10 Y. por él y nos lo llevamos por 5. Cinco yuanes por un cepillo para el pelo. 50 céntimos de euro. Nos dimos cuenta de que nos estaba timando, nos lo habría vendido por muchísimo menos, pero era nuestro primer regateo aquí y no nos apetecía mucho seguir discutiendo por unos céntimos de euro.

Seguimos en dirección al hotel, estábamos muy cansados ya.

El cansancio era tal que, subimos a la habitación y nos atrapó el sueño hasta el día siguiente.

El primer día de nuestra nueva vida.


PROXIMAMENTE: 5. "La llegada de Lara"



20 octubre, 2006

3. El largo viaje

Sábado, 5 y media de la madrugada del 16 de septiembre de 2006. Nervios a flor de piel, imposible seguir durmiendo. Mientras Rakel se despereza, me visto corriendo y me dirijo al parking a sacar la furgoneta. Estamos en el centro de Madrid, en la Pl. Canalejas, muy cerca de la puerta del Sol y la noche aún es joven para muchos. Para llegar al parking, he de esquivar a multitud de gente que sigue de marcha por las calles, mirándome alucinados y pensando a dónde irá este tipo con tanta prisa y arrastrando maletas entre la movida y a semejantes horas?
Cuando regreso, los demás compañeros de viaje ya me están esperando a la puerta del Hostal Cantábrico. Antonio y Josefi, malagueños a los que tuvimos el placer de conocer personalmente en la cena que tuvimos ayer para despedirnos de otros amigos de adopción. Con Antonio y Josefi pasamos muchas horas hablando por el messenger y a través del skipe, pero no habíamos tenido ocasión de vernos personalmente hasta ayer… buena gente nuestros amigos los “quillos”. Su hija Celeste les espera en Fujian. Los otros compañeros son Mariajo y Chema, nuestros queridos “fatos” de Huesca, con los que compartimos la larga espera que supuso nuestra experiencia adoptiva. Con Mariajo y Chema ya habíamos coincidido en la kdd de Madrid. Dormimos en su casa y compartimos viaje para la kdd de Sta. Susana, en Barcelona y degustaron sidra, fabes y arroz con leche en nuestra casa en la kdd de Gijón. Son una pareja encantadora y una muestra de que se pueden hacer buenos amigos a través de internet. La pequeña Luna les esperaba en Jiangxi.
Cargamos las maletas del grupo en la furgo y nos repartimos los seis entre la furgoneta y un taxi que nos llevaría a toda velocidad a la T4 de Barajas. Aprovechando que las calles estában desiertas a esas horas en Madrid, el taxi, que hacía de avanzadilla, nos llevaba a toda leche y al pasar cerca del Hospital de la Paz, me vino a la mente ese tipo de situaciones en que una parturienta es llevada a toda velocidad hacia el hospital porque está a punto de dar a luz. Mira que si nos llega a parar la policía por exceso de velocidad…. “Mireusté, es que vamos a dar a luz y no llegamos…” “¿a la Paz?” “no… a la China… jeje” . Pa encerrarnos, vamos…

Por fin llegamos a la T4 y dejamos la furgo en el parking que previamente habíamos contratado.
Facturamos el equipaje (tan sólo una maleta. Conseguimos reducir todo lo posible nuestro equipaje y sólo llevábamos una maleta grande a facturar y dos troleis que subiríamos al avión con nosotros) y llega el primer contratiempo: mientras nuestros compañeros de viaje no tienen problemas para sacar sus tarjetas de embarque, a nosotros tan solo nos dan las del vuelo a Bruselas. Las tarjetas de embarque del vuelo Bruselas-Pekín nos las tenemos que sacar en el aeropuerto belga, lo que nos intranquiliza un poco, pues, aunque tenemos dos horas entre un vuelo y el otro, si el despegue de Madrid se retrasara por algún motivo, podríamos perder el enlace a Pekín. La explicación que nos dan es bastante irrisoria. Nos dicen que en el vuelo a Pekín vuela mucha gente con el apellido Rodríguez, por lo que el ordenador se les bloquea y no puede darnos la susodicha tarjeta de embarque. Valiente tontería. En fin… cosas de Iberia!!!
Durante la espera para embarcar, nos encontramos con Javier y Ana, madrileños y compañeros de adopción en Guizhou, donde les espera su segunda hija, Ana. Javier y Ana ya tienen una hija biológica, María de dos añitos, que no les acompañaría en el viaje porque es muy pequeñita aún.
A Javier y Ana tampoco les han dado la tarjeta de embarque a Pekín por motivos parecidos a los nuestros.

Por fin embarcamos. No es que nos guste mucho volar, que digamos. Rakel no lo lleva muy bien, y yo, aunque voy tranquilo una vez arriba, he de reconocer que lo paso fatal al despegar. Eso de sentir como el avión deja tierra y comienza a “flotar” en el aire no lo llevo nada bien, pero una vez que el aparato coge altura y se estabiliza, me siento más tranquilo.
Despegamos a la hora prevista, las nueve de la mañana, y tras un tranquilo viaje de dos horas, aterrizamos en Zaventem, el aeropuerto de Bruselas. Rápidamente, Javier y yo buscamos un mostrador de la Brussels Airlines para informarnos sobre las tarjetas de embarque a Pekín.
Ningún problema, nos las tramitarán en la misma puerta de embarque. Ya más tranquilos, recorrimos toda la terminal y por fin encontramos la puerta B-O1, la que nos llevaría a China. Efectivamente, tenía que ser esa… tras las cristaleras se podía ver un gran B-767 de la Hainan y en la sala, un centenar de ciudadanos chinos esperaban a embarcar. Nos facilitaron las tarjetas de embarque sin ningún problema y en esos momentos, encontramos a Virgi y Seve, los otros compañeros del viaje a Guizhou, que venían desde Barcelona.
Virgi y Seve son otros buenos amigos que hicimos durante la gran espera que supuso nuestra adopción. Les conocimos en la kdd de Madrid y nos volvimos a ver en la de Sta. Susana. Nos llevamos una gran alegría cuando supimos que Judith y Lara pertenecían al mismo orfanato y comentámos muchas veces la posibilidad de que nuestras niñas podrían conocerse y ser amigas como sus papás. Desde ese momento decidimos ir juntos en su busca. No podía ser de otra manera.
Como aún nos quedaba casi una hora para embarcar, nos fuimos a tomar un café. Ya estábamos juntas cinco familias, mas de la mitad del grupo y aprovechamos el café para confesarnos los nervios por lo cerca que teníamos ya a nuestras hijas y lo increíble que nos parecía a todos estar a tan sólo un paso de conocerlas, después de tantísimo tiempo imaginando cómo sería el momento. Nuestra mayor preocupación era el momento de la entrega, ya que Lara, como las demás niñas de Guizhou y de Jiangxi, estaba en una casa acogida por una familia. Concretamente, Lara llevaba con esa familia desde que tenía un més de vida. Sería muy duro para ella separarse de la que consideraría “su familia” . Creíamos que estábamos preparados para que la niña nos rechazara, pero no podíamos evitar tener un montón de miedos al respecto. Pronto saldríamos de dudas.
Queda poco tiempo para que salga nuestro vuelo, por lo que nos dirigimos a la puerta de embarque. Allí, el centenar de ciudadanos chinos que esperaban, se ha multiplicado por dos y yo no encuentro a nadie con aspecto de apellidarse Rodríguez, como me habían dicho los de Iberia. ¿Será un apellido común en China y no me he enterado hasta ahora?
Se abre la puerta de embarque y en ese instante, y pese a estar en un aeropuerto belga, nos damos cuenta de que, de algún modo, estamos entrando en China. Las palabras “cola” o “fila organizada” no existen en el diccionario chino. Barullo tremendo y por aquello de que “donde fueres haz lo que vieres”, entre empujones, logramos entrar al avión.

Hace un calor tremendo. Los más de doscientos pasajeros (sólo una veintena de occidentales) nos morimos de calor y muchos se abanican con las revistas que hay en las bolsas de los asientos. Pienso que si el vuelo va a ser así, me voy a freir como un huevo en una sartén. El avión se mueve y en ese instante arranca el aire acondicionado. En pocos instantes, pasamos de un calor sofocante a un frío polar. Ahora comprendo la función de la manta que hay en cada asiento. Como pudimos comprobar durante los quince días en China, el aire acondicionado, o no se pone o se pone a tope. No existe el término medio.
Nada más despegar, decido cambiar la hora para ir habituándome al horario chino, por lo que de un plumazo, me “como” seis horas, pasando de la una y media a las siete y media de la tarde.
El avión está decorado al estilo oriental y es bastante confortable, lo que es de agradecer de cara a las diez horas de vuelo que nos separan aún de Pekín. Y el uniforme de azafatas y asistentes es una mezcla de estilo oriental con un toque hawaiano. No en vano, a la isla de Hainan, la llaman el Hawaii oriental.
Pese a las pantallas individuales con varios canales de video y música, el viaje se nos hacía eterno. Ya me sé de memoria la película “Yo robot”, tanto en inglés como en chino… y el hit parade de los últimos éxitos orientales ya no tiene secretos para mí. Cada media hora revisaba el canal en el que a través de un GPS, se iba viendo en un mapa dónde nos encontrábamos en cada instante. Pasában las horas y no hacíamos más que sobrevolar una y otra vez el norte de Rusia. Estoy de Siberia hasta los mismísimos… no se acaba nunca?
Nos sirven comida y cena. Con el lío de horarios, ya no sé si estoy merendando, cenando o desayunando.
Por fin, y tras sobrevolar parte de Bélgica, Holanda, Dinamarca, Finlandia, Estonia, Rusia y Mongolia, entramos en territorio chino. Ya han pasado las cuatro de la mañana y tan sólo he podido pegar ojo, a golpes de sueño, unas dos horas… tres como mucho. Pasadas las cinco y media tomamos tierra, por fin, en el aeropuerto de Pekín.

Amanece en Beijing. Pasamos los preceptivos controles y entregamos los formularios que hemos tenido que rellenar durante el vuelo. Recogemos los equipajes y nos dirigimos a la salida, donde nos espera Pedro. Pedro es el guía del BLAS que se encarga de recogernos en el aeropuerto y que más tarde viajará con las familias que van a Fujian. Viene cargado con unas grandes cajas que contienen los cochecitos de nuestras niñas, que nos regala el BLAS. Pedro nos sorprende por su juventud y lo bien que habla español. Ha estudiado en Alcalá de Henares y le encanta España, sobre todo “la marcha nocturna”. No sabe nada éste Pedro. Es muy simpático y nos echamos unas risas con él mientras esperamos nuestro siguiente vuelo.
Al poco llega Natalia. Natalia nos servirá de guía durante la primera semana a las familias de Guizhou y la segunda semana a todo el grupo en Beijing. Natalia es también muy joven, no aparenta más de veinticinco años, pero es más cortadita que Pedro. Habla muy bien español, pero a veces la ponemos en aprietos, porque hablamos demasiado rápido y con palabrejas que no entiende. Pero poco a poco nos fuimos poniendo en su lugar y nos entendíamos a la perfección. Como era la primera vez que Natalia hacía de guía por Guizhou, allí nos esperaba una guía local, Celine que sólo hablaba chino y francés, pero más que nada estaba para ayudar a Natalia a moverse por la provincia.
Natalia nos dio su número de movil, por si había algún problema o nos perdíamos, y rápidamente, tras despedirnos de los compañeros que iban a otras provincias, nos dirigimos a la Terminal desde la que salía nuestro vuelo.
El aeropuerto pekinés es un enjambre de gente y maletas. Jamás había visto tanta gente moviéndose de un lado para otro. Pasamos los preceptivos controles, en el último de los cuales, me toca lidiar con la funcionaria pesada de turno. Natalia ya había pasado y a mí, que iba de los últimos del grupo, una funcionaria de aduanas me espeta algo así como “bu yan” .Yo, tranquilamente, le hice señas de que no la entendía y por si acaso, le enseñaba las tarjetas de embarque que llevaba en la mano, a lo que la “encantadora” señorita me contestó, gritándome como una posesa “bu yan”, “bu yan” mientras dos policías, con su imponente uniforme militar, se nos echaban encima a paso ligero al ver la algarabía que estaba montando la funcionaria. Rápidamente, Natalia apareció y me espetó “tu enseñar pasaporte, rápido” . Joder, el pasaporte… tan difícil era decirlo en inglés?. Con el tiempo me fui dando cuenta que era normal que me gritara la funcionaria, pues en China, si notan que no les entiendes, una de dos: o se dan cuenta de que no entiendes ni pajolera de su idioma, con lo cual te intentan explicar con señas, o se creen que estás medio sordo y te hablan a voces.

Otras tres horas de vuelo separaban Beijing de Guiyang, la capital de la provincia de Guizhou.
El avión era, por supuesto, mucho más pequeño que el que nos trajo hasta la capital china. Era un aparato de la compañía Air China, decorado con los colores de los juegos olímpicos Beijing 2008. Tomamos asiento de los primeros y poco a poco se fue llenando el avión, sobre todo de gente de avanzada edad. Aquello parecía un viaje del INSERSO, pero en China. Menuda algarabía, para que luego digan que los españoles nos expresamos a voces. Poco antes de emprender vuelo, entran en el avión dos chicas occidentales con dos niñas ya mayorcitas, una de ellas china. Rápidamente dedujimos que ellas se dirigian a Guiyang por el mismo motivo que nosotros… y acertamos, porque días mas tarde nos encontraríamos de nuevo con ellas.

Entre el cansancio que arrastraba, el ruido del avión y el gallinero que formaba la excursión de vejetes (muchos de ellos con claros síntomas de sordera, por las grandes voces que se daban) el despegue fue de lo peor que recuerdo en el viaje. Aquel avión se meneaba que pa qué, o al menos esa era mi impresión. Nada más coger altura y estabilizarse, comenzaron a repartir el desayuno. ¿Era desayuno?, ¿era almuerzo?, ¿o tal vez cena? no sé. Pasaban ya las nueve de la mañana, pero mi estómago no había cambiado la hora. Al menos, aquel tentempié había acallado la algarabía de los vejetes viajeros y eso, de por sí, ya era un consuelo. A nuestro lado iba una señora que se comía una especie de arroz pastoso con avidez. Al otro lado del pasillo iban Seve y Virgi, con otra señora a su lado que no respiraba mientras se comía lo mismo. Nos dijimos… “oye, pues debe estar bueno el mejunje éste, porque mira como se lo comen, que ni respiran” Decidimos probarlo y en ése instante, y con un buen bocado del engrudo aquel de arroz en la boca, Seve y yo nos miramos con complicidad y con cara de habernos tragado un sapo. Cielos!!! no quiero volver a recordar la impresión que me dio aquella pasta que se quería parecer a arroz. Era, sencillamente, espantoso. Espero que no sea así la comida en China, a mí que siempre me había encantado la cocina oriental. Después de la “degustación” del plato típico de Air China, el sueño se apodera de nosotros.
Cuando me despierto, el viaje está llegando a su fin y me encuentro mucho más descansado después de un sueño reparador de dos horitas. El avión comienza a descender y por fin, a través de la ventanilla podemos apreciar el paisaje de Guizhou. Alquien nos había comentado que se parecía a Asturias, por su verdor y su orografía montañosa. Cierto, pero las montañas, según nos íbamos acercando a Guiyang, eran de lo más extraño que había visto nunca. Parecía un paisaje dibujado por un niño. Pequeñas montañitas se enlazaban unas con otras y se podían ver pequeños pueblos enclavados en las laderas de montes más grandes que formaban grandes valles. Se veía precioso desde las alturas y en algunos momentos sí que se asemejaba al paisaje astur. De repente, perdemos altura para precipitarnos sobre un pequeño aeropuerto y, tras un brusco aterrizaje, con frenada de las que te quitan el hipo incluida, el avión da la vuelta para recorrer otra vez la pista en dirección contraria para llevarnos a la terminal. Es en ese instante cuando me doy cuenta, de verdad, que estoy en China. Mientras recorremos la pista, se ve como multitud de obreros trabajan en la construcción de la que será otra pista de aterrizaje. Van vestidos de mahón y con el típico sombrero de paja. Obreros empujando carretillas de madera trabajan junto a maquinaria de tecnología punta. El pasado y el futuro se funden en el presente. Estamos en la China profunda, la China de los contrastes.

Recogemos los equipajes entre risas por el atípico vuelo que habíamos pasado… Fuera nos esperaba Celine, la guía local y el chofer (Mr. Chesterfield, ya os contaremos el porqué del nombrecito) del autobús que tendríamos a nuestra disposición durante la semana en Guiyang.

Nos separa apenas media hora por carretera del hotel. Necesitamos descansar, pero antes habrá que conocer un poquito de la ciudad.

Mañana será el día más importante de nuestra vida…
mañana conoceremos a nuestra hija Lara.

PROXIMAMENTE: 4. "Por las calles de Guiyang"

18 octubre, 2006

2. Preparando el viaje

Desde la llegada de la asignación, y tras enseñar las fotos de Lara a amigos, familiares, compañeros de trabajo, al panadero, a la frutera, al quiosquero de la esquina y a quien pasara por nuestro lado, comenzamos los preparativos para el gran viaje.

Desde hacía ya meses, fuimos formando un grupo de familias con fechas de registro muy próximas, que tras conocernos en varias quedadas organizadas en varios puntos de toda España, decidimos hacer el viaje juntos, antes incluso de saber la provincia a la que nos asignarían.
Estábamos en contacto desde hacía mucho tiempo gracias a las listas de internet. (En la página http://es.geocities.com/orfanatosdechina2/Ymascosas/Ymascosas.htm hay un listado de todos los grupos, que se organizan por meses).
Todas las familias estábamos de acuerdo en que no queríamos hacer un viaje con un grupo demasiado grande, como suele suceder cuando viajas con AFAC, ACI o ANDENI, y como todos habíamos contratado previamente al BLAS para saber nuestras fechas de registro en el Centro Chino de Adopciones (debido a que el Ministerio nunca nos las facilitó), decidimos hacer el viaje por libre contratando de nuevo sus servicios.

Lo primero que hicimos, por supuesto, fue enviar la aceptación de la asignación de nuestra hija al China Center of Adoption Affairs (CC.AA.). Varias familias del grupo decidimos unir nuestras cartas de aceptación para enviarlas en un solo paquete y así reducir gastos. Lo hicimos a través de DHL y con su servicio de seguimiento, pudimos comprobar que, efectivamente, a los tres días las cartas habían llegado a su destino.

Organizar el viaje por libre y contratando el BLAS es muy sencillo: Hay que elegir un interlocutor que a través de e-mail ( lxb1@mail.china-blas.org ) y/o por teléfono ( 8610-63533536 ), se pone en contacto con Silvia, la encargada del departamento de viajes del BLAS, que habla español perfectamente. Esta nos envía unos formularios y luego nos da a escoger hoteles, excursiones, guías, etc. Hasta que se confecciona el viaje a nuestro gusto. Luego nos envía presupuesto y se puede pagar desde aquí por transferencia bancaria o en metálico durante la segunda semana, en Pekín. De lo único que nos teníamos que encargar era de encontrar vuelo para estar en Pekín el tercer fin de semana de septiembre y de conseguirlos rápido para avisarles de los vuelos para poder organizar ellos el resto del viaje.
Aunque todos queríamos ir antes, Silvia nos insistió en que debido al reciente cambio de sede del CC.AA. , las cartas de invitación podrían sufrir algún retraso, como así fue, y que no nos recomendaba viajar antes del día 15.
No era fácil encontrar vuelo para tanta gente junta, por lo que buscamos cada familia por su lado. Nosotros, tras mucho buscar por agencias y por Internet, contratamos los vuelos de Madrid a Pekín vía Bruselas para nosotros y otras dos familias con la compañía SN Brussels Airlines. Los vuelos serían operados por Iberia y por Hainan Airlines.
Finalmente, en poco más de una semana, teníamos el viaje completamente organizado, tan sólo a falta de algunos detalles por conocer, como eran algunas excursiones y los nombres y teléfonos de los guías, que nos facilitaron antes de salir de viaje.
Como tras las asignaciones, algunas familias viajaban solas a su provincia, el BLAS se encargó de juntarlas con otras familias que también iban solas y así poder reducir gastos.
Finalmente formamos un grupo de ocho familias: una familia iría a Guangdong, dos a Jiangxi, otras dos a Fujian y nosotros junto con otras dos familias, a Guizhou. Durante la segunda semana, estaríamos todos juntos en Beijing.
Una semana antes de partir, el BLAS se puso en contacto con las tres familias que íbamos a Guizhou. Parece ser que una familia de la ecai PIAO de Valencia, iría sola a ésta provincia y nos pedían permiso para incluirla en nuestro grupo para reducir gastos. Como ya habíamos hecho la transferencia para pagar el viaje, nos devolverían el descuento durante la segunda semana en Pekín. Por supuesto, aceptamos. Cuatro familias en la provincia no nos parecía un número excesivo, además les acompañaría su guía, lo que a nosotros también nos beneficiaba.

Durante el tiempo que duró la organización del viaje, hubo más cosas que hacer:
Estábamos aún a la espera de más datos de nuestra hija. A primeros de año habíamos contratado los servicios del BLAS para saber nuestra fecha de registro. Por 120 $ (ahora tan sólo cobran 80 $), el BLAS, además de la fecha, nos enviarían (poco después de la asignación) un informe médico actualizado y fotos también actuales antes de partir a China. En la asignación, tanto las fotos como el informe médico son los correspondientes a los seis meses de vida de la pequeña, mientras que el BLAS nos enviaría fotos actuales y un informe menos pormenorizado, pero con los datos actuales de peso, talla, circunferencias craneal y torácica, talla del pié y número de dientes, además de comidas, desarrollo mental, horarios, costumbres, carácter y juguetes favoritos. Y una traducción del informe médico de la asignación.
Contratar ésto es muy fácil: tan sólo hay que solicitarlo escribiendo un mail a zxb@mail.china-blas.org , a la atención de Rita, o llamar al (8610)63575792, preguntando por Rita, la encargada del departamento de consulting de BLAS, y que os atenderá en español.
Todo esto nos llegó el 21 de agosto y Lara estaba cambiadísima. Os podéis imaginar. Las fotos de la asignación estaban hechas en febrero y éstas tenían fecha del 4 de agosto (casualmente el día que nos entregaron la asignación). A Lara se la veía enorme, hecha una señorita y lo que más nos llamó la atención era su sonrisa en las dos fotos que nos enviaron. Se la veía muy feliz. Os podéis imaginar lo contentos que estábamos.

También durante éstos días preparamos un paquete para enviarlo a nuestra hija. Nuestra intención era que lo recibiera el 17 de agosto, el día de su primer cumpleaños, pero dudábamos de que le llegara. No había nada que perder, así que lo enviamos al orfanato al que pertenecía nuestra pequeña, el Children´s Welfare Institute, de Guiyang. La dirección la encontramos en la página http://www.blessedkids.com/index_files/addresses.htm , en la que viene la dirección postal (en inglés y en chino) de casi todos los orfanatos de China.
En realidad, Lara no estaba en el orfanato. Desde que contaba apenas un mes, fue acogida por una familia de Guiyang. Pero no es posible que nos den sus datos, por lo que el paquete, se lo debemos enviar al orfanato. Le enviamos lo siguiente: Una foto de sus papás, una bolsa de globos, varios cuentos, un peluche musical, una cámara de fotos de esas desechables para que hicieran fotos a la niña y sus cuidadoras y un cuestionario de cuatro páginas con infinidad de preguntas de todo tipo (salud, alimentación, sueño, movimiento, lenguaje, hábitos, juegos, relaciones, comportamientos, etc.) en español, inglés y chino. Teníamos dudas sobre si todo ello llegaría a manos de la familia de acogida de nuestra niña, pero por intentarlo que no quede.

Por supuesto, estos días también fueron momentos de preparación de los documentos a llevar durante el viaje. Preparación de certificados de nacimiento y matrimonio, copias de pasaporte, libro de familia, fotos carnet, copia del expediente, certificado de idoneidad (lo dan en Consejería) y visado para la entrada en China. El visado hay que hacerlo en la embajada china en España (Madrid o Barcelona). Se puede hacer a través de Transmes, pero como teníamos una compañera de viaje madrileña, ésta nos hizo las gestiones en la embajada china de Madrid. Tan sólo tuvimos que enviarle nuestros pasaportes… y pagarle los gastos, claro. Sólo nos quedaba la carta de invitación, que como siempre suele ocurrir, se estaba haciendo de rogar.
También nos hicimos un seguro médico que incluyera a nuestra hija, por lo que pudiera pasar.

El viaje se organizó bastante más rápido de lo que pensábamos. Eso sí, con bastantes nervios, sobre todo a la hora de conseguir vuelos a Pekín. Septiembre es un mes cada vez mas solicitado para las vacaciones, y China un país al que viajan más turistas de los que creíamos. Pero finalmente se consiguió y además con muchos días aún por delante para hacer maletas y despedirnos de amigos y familiares.

Sin embargo, algo nos tenía aún intranquilos. Las cartas de invitación, imprescindibles a la hora de la entrega de las niñas, se hacían de rogar. Pasaban los días y no llegaban. Silvia nos intentaba tranquilizar diciendo que llegarían a tiempo y dándonos otras opciones en caso de que no llegaran a tiempo. Si no llegaban, algún familiar tenía que ir a recogerla a la Consejería, enviarla por fax al BLAS y enviar el original por mensajería lo más urgente posible a las oficinas del BLAS en Pekín, para tenerla ellos en el momento de la entrega. Demasiado riesgo, pensábamos. Si se perdiera por el camino o llegara tarde, se podría retrasar la entrega, con lo que esto podría conllevar. A mi entender, el BLAS debería haberlas retenido en Pekín y entregárnoslas allí. Es el único pero que le pongo a la organización del viaje por parte de la agencia china. El Ministerio tampoco nos ayudó en nada. Les pedimos una y mil veces que retuvieran la carta en Madrid para recogerla nosotros personalmente el viernes, incluso conseguimos autorización de la Consejería para hacerlo, pero ni caso. Enviaron la carta a Oviedo el martes por la mañana por correo urgente 24 H. Veinticuatro horas que como viene siendo habitual en nuestra Consejería, vete tú a saber por qué, se multiplican automáticamente por dos. Tuvimos que trastocar un poco nuestros planes y comenzar nuestro viaje un día mas tarde de lo previsto, pero al fin teníamos la carta en la mano y nos íbamos más tranquilos.

Por fin, al mediodía del 15 de septiembre y, tras recoger en la Consejería la tan esperada carta de invitación, emprendimos viaje por carretera a Madrid.

Decidimos acercarnos a Madrid por carretera, para así dejar a nuestro perro Blues en compañía de mi suegro, que tiene casa en Grajal de Campos, en la provincia de León. Primero contábamos llevarlo a León un fin de semana antes del viaje y una vez que estuviéramos de vuelta, ir a buscarlo a la semana siguiente. Así podríamos emprender viaje volando desde Asturias y regresando del mismo modo, evitando tener que volver por carretera desde Madrid. Sin embargo, pocos días antes de partir, nos lo volvimos a pensar mejor. No teníamos ni idea de cómo iba a estar Lara de salud cuando llegáramos a casa ni mucho menos como iba a aceptar a sus nuevos papás, así que no nos hacía mucha gracia la idea de obligarla a hacer otro viaje tan pronto, así que decidimos dejar a Blues en León de la que “bajábamos” a Madrid y recogerlo de la que volvíamos a casa.

Llegamos a Madrid con el tiempo justo de encontrarnos con Antonio, Josefi, Mariajo y Chema en el hostal cercano a la puerta del Sol que habíamos reservado, y rápidamente nos dirigimos los seis a Arturo Soria, donde habíamos quedado para cenar con otras familias de Madrid y con Ana, Pascual y su pequeña Alicia, que habían venido desde Murcia para acudir a la despedida. Allí estaban, por supuesto, Blanca y Cesar, otros amigos del grupo, que volarían mañana a Guangdong en busca de su hija, Marina.

Tras una estupenda velada y tras brindar mil veces por nuestras pequeñas, nos retiramos a descansar.
Mañana nos espera un largo viaje...
... el viaje más esperado y deseado !!!
PROXIMAMENTE: 3. "El largo viaje"