De Guiyang a Gijón... el viaje de Lara Ai Ping

20 octubre, 2006

3. El largo viaje

Sábado, 5 y media de la madrugada del 16 de septiembre de 2006. Nervios a flor de piel, imposible seguir durmiendo. Mientras Rakel se despereza, me visto corriendo y me dirijo al parking a sacar la furgoneta. Estamos en el centro de Madrid, en la Pl. Canalejas, muy cerca de la puerta del Sol y la noche aún es joven para muchos. Para llegar al parking, he de esquivar a multitud de gente que sigue de marcha por las calles, mirándome alucinados y pensando a dónde irá este tipo con tanta prisa y arrastrando maletas entre la movida y a semejantes horas?
Cuando regreso, los demás compañeros de viaje ya me están esperando a la puerta del Hostal Cantábrico. Antonio y Josefi, malagueños a los que tuvimos el placer de conocer personalmente en la cena que tuvimos ayer para despedirnos de otros amigos de adopción. Con Antonio y Josefi pasamos muchas horas hablando por el messenger y a través del skipe, pero no habíamos tenido ocasión de vernos personalmente hasta ayer… buena gente nuestros amigos los “quillos”. Su hija Celeste les espera en Fujian. Los otros compañeros son Mariajo y Chema, nuestros queridos “fatos” de Huesca, con los que compartimos la larga espera que supuso nuestra experiencia adoptiva. Con Mariajo y Chema ya habíamos coincidido en la kdd de Madrid. Dormimos en su casa y compartimos viaje para la kdd de Sta. Susana, en Barcelona y degustaron sidra, fabes y arroz con leche en nuestra casa en la kdd de Gijón. Son una pareja encantadora y una muestra de que se pueden hacer buenos amigos a través de internet. La pequeña Luna les esperaba en Jiangxi.
Cargamos las maletas del grupo en la furgo y nos repartimos los seis entre la furgoneta y un taxi que nos llevaría a toda velocidad a la T4 de Barajas. Aprovechando que las calles estában desiertas a esas horas en Madrid, el taxi, que hacía de avanzadilla, nos llevaba a toda leche y al pasar cerca del Hospital de la Paz, me vino a la mente ese tipo de situaciones en que una parturienta es llevada a toda velocidad hacia el hospital porque está a punto de dar a luz. Mira que si nos llega a parar la policía por exceso de velocidad…. “Mireusté, es que vamos a dar a luz y no llegamos…” “¿a la Paz?” “no… a la China… jeje” . Pa encerrarnos, vamos…

Por fin llegamos a la T4 y dejamos la furgo en el parking que previamente habíamos contratado.
Facturamos el equipaje (tan sólo una maleta. Conseguimos reducir todo lo posible nuestro equipaje y sólo llevábamos una maleta grande a facturar y dos troleis que subiríamos al avión con nosotros) y llega el primer contratiempo: mientras nuestros compañeros de viaje no tienen problemas para sacar sus tarjetas de embarque, a nosotros tan solo nos dan las del vuelo a Bruselas. Las tarjetas de embarque del vuelo Bruselas-Pekín nos las tenemos que sacar en el aeropuerto belga, lo que nos intranquiliza un poco, pues, aunque tenemos dos horas entre un vuelo y el otro, si el despegue de Madrid se retrasara por algún motivo, podríamos perder el enlace a Pekín. La explicación que nos dan es bastante irrisoria. Nos dicen que en el vuelo a Pekín vuela mucha gente con el apellido Rodríguez, por lo que el ordenador se les bloquea y no puede darnos la susodicha tarjeta de embarque. Valiente tontería. En fin… cosas de Iberia!!!
Durante la espera para embarcar, nos encontramos con Javier y Ana, madrileños y compañeros de adopción en Guizhou, donde les espera su segunda hija, Ana. Javier y Ana ya tienen una hija biológica, María de dos añitos, que no les acompañaría en el viaje porque es muy pequeñita aún.
A Javier y Ana tampoco les han dado la tarjeta de embarque a Pekín por motivos parecidos a los nuestros.

Por fin embarcamos. No es que nos guste mucho volar, que digamos. Rakel no lo lleva muy bien, y yo, aunque voy tranquilo una vez arriba, he de reconocer que lo paso fatal al despegar. Eso de sentir como el avión deja tierra y comienza a “flotar” en el aire no lo llevo nada bien, pero una vez que el aparato coge altura y se estabiliza, me siento más tranquilo.
Despegamos a la hora prevista, las nueve de la mañana, y tras un tranquilo viaje de dos horas, aterrizamos en Zaventem, el aeropuerto de Bruselas. Rápidamente, Javier y yo buscamos un mostrador de la Brussels Airlines para informarnos sobre las tarjetas de embarque a Pekín.
Ningún problema, nos las tramitarán en la misma puerta de embarque. Ya más tranquilos, recorrimos toda la terminal y por fin encontramos la puerta B-O1, la que nos llevaría a China. Efectivamente, tenía que ser esa… tras las cristaleras se podía ver un gran B-767 de la Hainan y en la sala, un centenar de ciudadanos chinos esperaban a embarcar. Nos facilitaron las tarjetas de embarque sin ningún problema y en esos momentos, encontramos a Virgi y Seve, los otros compañeros del viaje a Guizhou, que venían desde Barcelona.
Virgi y Seve son otros buenos amigos que hicimos durante la gran espera que supuso nuestra adopción. Les conocimos en la kdd de Madrid y nos volvimos a ver en la de Sta. Susana. Nos llevamos una gran alegría cuando supimos que Judith y Lara pertenecían al mismo orfanato y comentámos muchas veces la posibilidad de que nuestras niñas podrían conocerse y ser amigas como sus papás. Desde ese momento decidimos ir juntos en su busca. No podía ser de otra manera.
Como aún nos quedaba casi una hora para embarcar, nos fuimos a tomar un café. Ya estábamos juntas cinco familias, mas de la mitad del grupo y aprovechamos el café para confesarnos los nervios por lo cerca que teníamos ya a nuestras hijas y lo increíble que nos parecía a todos estar a tan sólo un paso de conocerlas, después de tantísimo tiempo imaginando cómo sería el momento. Nuestra mayor preocupación era el momento de la entrega, ya que Lara, como las demás niñas de Guizhou y de Jiangxi, estaba en una casa acogida por una familia. Concretamente, Lara llevaba con esa familia desde que tenía un més de vida. Sería muy duro para ella separarse de la que consideraría “su familia” . Creíamos que estábamos preparados para que la niña nos rechazara, pero no podíamos evitar tener un montón de miedos al respecto. Pronto saldríamos de dudas.
Queda poco tiempo para que salga nuestro vuelo, por lo que nos dirigimos a la puerta de embarque. Allí, el centenar de ciudadanos chinos que esperaban, se ha multiplicado por dos y yo no encuentro a nadie con aspecto de apellidarse Rodríguez, como me habían dicho los de Iberia. ¿Será un apellido común en China y no me he enterado hasta ahora?
Se abre la puerta de embarque y en ese instante, y pese a estar en un aeropuerto belga, nos damos cuenta de que, de algún modo, estamos entrando en China. Las palabras “cola” o “fila organizada” no existen en el diccionario chino. Barullo tremendo y por aquello de que “donde fueres haz lo que vieres”, entre empujones, logramos entrar al avión.

Hace un calor tremendo. Los más de doscientos pasajeros (sólo una veintena de occidentales) nos morimos de calor y muchos se abanican con las revistas que hay en las bolsas de los asientos. Pienso que si el vuelo va a ser así, me voy a freir como un huevo en una sartén. El avión se mueve y en ese instante arranca el aire acondicionado. En pocos instantes, pasamos de un calor sofocante a un frío polar. Ahora comprendo la función de la manta que hay en cada asiento. Como pudimos comprobar durante los quince días en China, el aire acondicionado, o no se pone o se pone a tope. No existe el término medio.
Nada más despegar, decido cambiar la hora para ir habituándome al horario chino, por lo que de un plumazo, me “como” seis horas, pasando de la una y media a las siete y media de la tarde.
El avión está decorado al estilo oriental y es bastante confortable, lo que es de agradecer de cara a las diez horas de vuelo que nos separan aún de Pekín. Y el uniforme de azafatas y asistentes es una mezcla de estilo oriental con un toque hawaiano. No en vano, a la isla de Hainan, la llaman el Hawaii oriental.
Pese a las pantallas individuales con varios canales de video y música, el viaje se nos hacía eterno. Ya me sé de memoria la película “Yo robot”, tanto en inglés como en chino… y el hit parade de los últimos éxitos orientales ya no tiene secretos para mí. Cada media hora revisaba el canal en el que a través de un GPS, se iba viendo en un mapa dónde nos encontrábamos en cada instante. Pasában las horas y no hacíamos más que sobrevolar una y otra vez el norte de Rusia. Estoy de Siberia hasta los mismísimos… no se acaba nunca?
Nos sirven comida y cena. Con el lío de horarios, ya no sé si estoy merendando, cenando o desayunando.
Por fin, y tras sobrevolar parte de Bélgica, Holanda, Dinamarca, Finlandia, Estonia, Rusia y Mongolia, entramos en territorio chino. Ya han pasado las cuatro de la mañana y tan sólo he podido pegar ojo, a golpes de sueño, unas dos horas… tres como mucho. Pasadas las cinco y media tomamos tierra, por fin, en el aeropuerto de Pekín.

Amanece en Beijing. Pasamos los preceptivos controles y entregamos los formularios que hemos tenido que rellenar durante el vuelo. Recogemos los equipajes y nos dirigimos a la salida, donde nos espera Pedro. Pedro es el guía del BLAS que se encarga de recogernos en el aeropuerto y que más tarde viajará con las familias que van a Fujian. Viene cargado con unas grandes cajas que contienen los cochecitos de nuestras niñas, que nos regala el BLAS. Pedro nos sorprende por su juventud y lo bien que habla español. Ha estudiado en Alcalá de Henares y le encanta España, sobre todo “la marcha nocturna”. No sabe nada éste Pedro. Es muy simpático y nos echamos unas risas con él mientras esperamos nuestro siguiente vuelo.
Al poco llega Natalia. Natalia nos servirá de guía durante la primera semana a las familias de Guizhou y la segunda semana a todo el grupo en Beijing. Natalia es también muy joven, no aparenta más de veinticinco años, pero es más cortadita que Pedro. Habla muy bien español, pero a veces la ponemos en aprietos, porque hablamos demasiado rápido y con palabrejas que no entiende. Pero poco a poco nos fuimos poniendo en su lugar y nos entendíamos a la perfección. Como era la primera vez que Natalia hacía de guía por Guizhou, allí nos esperaba una guía local, Celine que sólo hablaba chino y francés, pero más que nada estaba para ayudar a Natalia a moverse por la provincia.
Natalia nos dio su número de movil, por si había algún problema o nos perdíamos, y rápidamente, tras despedirnos de los compañeros que iban a otras provincias, nos dirigimos a la Terminal desde la que salía nuestro vuelo.
El aeropuerto pekinés es un enjambre de gente y maletas. Jamás había visto tanta gente moviéndose de un lado para otro. Pasamos los preceptivos controles, en el último de los cuales, me toca lidiar con la funcionaria pesada de turno. Natalia ya había pasado y a mí, que iba de los últimos del grupo, una funcionaria de aduanas me espeta algo así como “bu yan” .Yo, tranquilamente, le hice señas de que no la entendía y por si acaso, le enseñaba las tarjetas de embarque que llevaba en la mano, a lo que la “encantadora” señorita me contestó, gritándome como una posesa “bu yan”, “bu yan” mientras dos policías, con su imponente uniforme militar, se nos echaban encima a paso ligero al ver la algarabía que estaba montando la funcionaria. Rápidamente, Natalia apareció y me espetó “tu enseñar pasaporte, rápido” . Joder, el pasaporte… tan difícil era decirlo en inglés?. Con el tiempo me fui dando cuenta que era normal que me gritara la funcionaria, pues en China, si notan que no les entiendes, una de dos: o se dan cuenta de que no entiendes ni pajolera de su idioma, con lo cual te intentan explicar con señas, o se creen que estás medio sordo y te hablan a voces.

Otras tres horas de vuelo separaban Beijing de Guiyang, la capital de la provincia de Guizhou.
El avión era, por supuesto, mucho más pequeño que el que nos trajo hasta la capital china. Era un aparato de la compañía Air China, decorado con los colores de los juegos olímpicos Beijing 2008. Tomamos asiento de los primeros y poco a poco se fue llenando el avión, sobre todo de gente de avanzada edad. Aquello parecía un viaje del INSERSO, pero en China. Menuda algarabía, para que luego digan que los españoles nos expresamos a voces. Poco antes de emprender vuelo, entran en el avión dos chicas occidentales con dos niñas ya mayorcitas, una de ellas china. Rápidamente dedujimos que ellas se dirigian a Guiyang por el mismo motivo que nosotros… y acertamos, porque días mas tarde nos encontraríamos de nuevo con ellas.

Entre el cansancio que arrastraba, el ruido del avión y el gallinero que formaba la excursión de vejetes (muchos de ellos con claros síntomas de sordera, por las grandes voces que se daban) el despegue fue de lo peor que recuerdo en el viaje. Aquel avión se meneaba que pa qué, o al menos esa era mi impresión. Nada más coger altura y estabilizarse, comenzaron a repartir el desayuno. ¿Era desayuno?, ¿era almuerzo?, ¿o tal vez cena? no sé. Pasaban ya las nueve de la mañana, pero mi estómago no había cambiado la hora. Al menos, aquel tentempié había acallado la algarabía de los vejetes viajeros y eso, de por sí, ya era un consuelo. A nuestro lado iba una señora que se comía una especie de arroz pastoso con avidez. Al otro lado del pasillo iban Seve y Virgi, con otra señora a su lado que no respiraba mientras se comía lo mismo. Nos dijimos… “oye, pues debe estar bueno el mejunje éste, porque mira como se lo comen, que ni respiran” Decidimos probarlo y en ése instante, y con un buen bocado del engrudo aquel de arroz en la boca, Seve y yo nos miramos con complicidad y con cara de habernos tragado un sapo. Cielos!!! no quiero volver a recordar la impresión que me dio aquella pasta que se quería parecer a arroz. Era, sencillamente, espantoso. Espero que no sea así la comida en China, a mí que siempre me había encantado la cocina oriental. Después de la “degustación” del plato típico de Air China, el sueño se apodera de nosotros.
Cuando me despierto, el viaje está llegando a su fin y me encuentro mucho más descansado después de un sueño reparador de dos horitas. El avión comienza a descender y por fin, a través de la ventanilla podemos apreciar el paisaje de Guizhou. Alquien nos había comentado que se parecía a Asturias, por su verdor y su orografía montañosa. Cierto, pero las montañas, según nos íbamos acercando a Guiyang, eran de lo más extraño que había visto nunca. Parecía un paisaje dibujado por un niño. Pequeñas montañitas se enlazaban unas con otras y se podían ver pequeños pueblos enclavados en las laderas de montes más grandes que formaban grandes valles. Se veía precioso desde las alturas y en algunos momentos sí que se asemejaba al paisaje astur. De repente, perdemos altura para precipitarnos sobre un pequeño aeropuerto y, tras un brusco aterrizaje, con frenada de las que te quitan el hipo incluida, el avión da la vuelta para recorrer otra vez la pista en dirección contraria para llevarnos a la terminal. Es en ese instante cuando me doy cuenta, de verdad, que estoy en China. Mientras recorremos la pista, se ve como multitud de obreros trabajan en la construcción de la que será otra pista de aterrizaje. Van vestidos de mahón y con el típico sombrero de paja. Obreros empujando carretillas de madera trabajan junto a maquinaria de tecnología punta. El pasado y el futuro se funden en el presente. Estamos en la China profunda, la China de los contrastes.

Recogemos los equipajes entre risas por el atípico vuelo que habíamos pasado… Fuera nos esperaba Celine, la guía local y el chofer (Mr. Chesterfield, ya os contaremos el porqué del nombrecito) del autobús que tendríamos a nuestra disposición durante la semana en Guiyang.

Nos separa apenas media hora por carretera del hotel. Necesitamos descansar, pero antes habrá que conocer un poquito de la ciudad.

Mañana será el día más importante de nuestra vida…
mañana conoceremos a nuestra hija Lara.

PROXIMAMENTE: 4. "Por las calles de Guiyang"

1 Comments:

  • At 22 octubre, 2006 09:45, Blogger Javier y Ana said…

    Hola familia, ¡ nos teneis totalmente enganchados con vuestra redaccion del viaje!. Leyendolo estamos viviendolo de nuevo , incluso mas, porque recordais detallles de cada momento. ¡ Es impresionante! ESCROBID YA EL SIGUIENTE DIA, QUE TENEMOS MONO!!!!!! MIL BESOS
    Javier y Ana

     

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