4. Por las calles de Guiyang
Acabamos de aterrizar en Longdongbao, el aeropuerto de Guizhou. Nos separa tan sólo media hora por carretera de Guiyang. Las distancias son un concepto muy relativo en China y se miden por tiempos y no por kilómetros. Nunca hay que fiarse mucho, porque los chinos son demasiado optimistas en sus cálculos.
Según Natalia, Guiyang (se pronuncia Kuiyang) es una ciudad pequeña. Otro concepto bastante relativo en China, son los tamaños. En China todo es enorme, por lo que una ciudad de bastante más de un millón de habitantes, les parece pequeña. Bañada por el río Nanming, Guiyang está considerada como una de las capitales chinas más contaminadas y con mayor índice de delincuencia. Es un importante nudo de comunicaciones, especialmente ferroviarias, y uno de los mayores centros de producción de aluminio, carbón y bauxita de China.

Al subir al pequeño bus, nos ofrecen unos botellines de agua y emprendemos marcha al hotel. Avanzamos por una autopista de hormigón de tres carriles bastante bacheada en la que de repente te puedes encontrar con gente caminando, motocicletas prehistóricas repletas de fardos o lo que es peor, alguna que otra bicicleta en sentido contrario… todo normal, al parecer. Al poco comenzamos a entrar en la ciudad de Guiyang. Se aprecian grandes edificios en bastante mal estado. Da la impresión de que aquí se construye un edificio y se mantiene igual hasta que se cae a pedazos. Si se les diera una lavadita de cara a los edificios, ésta ciudad ganaría mucho y dejaría de ser tan “grís”. Nos llamó mucho la atención el que muchos edificios tenían rejas en las ventanas, unas rejas que sobresalían de la fachada a modo de balcón y que muchos, con unas tablas, les hacían “suelo” y los convertían en auténticos trasteros. Algunos de éstos trasteros improvisados albergaban tal cantidad de cosas, que ni siquiera se podían ver las ventanas. 
Se ve muchísima gente por las calles y multitud de comercios, la mayoría en locales totalmente abiertos, sin escaparates ni fachada. Tan sólo una persiana metálica que se cierra por la noche. La mercancía se agolpa desordenada y ocupando parte de las aceras y cada comercio se especializa en vender cualquier cosa que se pueda uno imaginar.
Nos adentramos más en la cuidad, y vemos como los edificios van cambiando de aspecto y nos encontramos con un paisaje mucho más moderno, con altísimos hoteles y edificios de oficinas. Sin duda, Guiyang es una ciudad que crece “a lo alto” porque su espacio físico es limitado al estar rodeado de montañas.
Estamos atravesando el centro y se nota, no sólo por el considerable aumento de tráfico, sobre todo por la arquitectura, más alta y moderna y por los comercios, más “occidentalizados”. Sin embargo, el paisaje sigue lleno de contrastes. Grandes hoteles de lujo rodeados de casas desvencijadas, lujosos coches de tecnología alemana circulan junto a carros tirados por bicicletas y autobuses que se caen a pedazos abarrotados de gente.
Atravesamos la ciudad y enseguida nos vemos inmersos en un tráfico tremendo.
Sigue habiendo multitud de bicicletas por todas partes, pero el coche ya es el rey en las carreteras chinas. Conducir aquí se me antoja imposible. El tráfico es un caos tremendo. Aquí los intermitentes apenas se utilizan y las luces sólo se encienden cuando de verdad ya no ven nada. Las señales, las pocas que se ven, son meramente decorativas, eso sí, los semáforos se respetan a rajatabla. Unos semáforos bastante curiosos, pues incorporan una pantalla con cuenta atrás para saber cuado se van a abrir o cerrar.
Verdaderamente, la circulación es todo un caos, organizado imagino, por algún extraño código de pitidos (conducen con una mano en el volante y la otra en el claxon ), porque si no, no me explico como no hay accidentes cada cuatro metros. Eso sí, los conductores, pese al intenso tráfico, no pierden los nervios como solemos hacer nosotros con mucho menos caos y conducen muchísimo más despacio que nosotros. Es una muestra, como descubriríamos durante nuestra estancia en el país, de que los chinos se toman la vida con otra filosofía, con mucha mas calma que nosotros.
Al fin, llegamos al hotel, el Howard Johnson Plaza, un cinco estrellas que en España no pasaría de cuatro. Estábamos situados en una gran avenida, (Zaoshan Road), muy concurrida al noroeste de la ciudad, muy cerca del parque Qianling, declarado como Reserva Natural. El hotel es un enorme edificio de 31 plantas en el que disponemos de piscina, gimnasio, dos restaurantes y toda una serie de servicios que, sin duda, no tendremos tiempo de utilizar.
Nada más bajar del bus, varios mozos recogen los equipajes y tras presentarnos en recepción, nos alojan en la planta 26, vecinos de puerta de Javier y Ana. La habitación no está nada mal. Dispone de dos grandes camas (altísimas, casi hay que saltar para subirse a ellas), una cuna de madera para la niña, calentador de agua para hacer los biberones, aire acondicionado, nevera, caja fuerte, conexión a internet, etc. Y el baño, lo que más nos gustó, muy grande, con bañera, plato de ducha y una bañerita de niños. Ah! y con una cuerda extensible que hace la función de tendedero y a la que le sacamos buen partido. Lo mejor, dada la altura en la que nos encontramos, son las vistas. Desde la habitación dominamos buena parte de la ciudad. Desde lo alto, se aprecian aún mas los contrastes. Al oeste, bajo el hotel, podemos ver lo que parece un laberinto de callejones de un barrio cuyas pequeñas y destartaladas casas parecen caerse a pedazos, más al sur, el paisaje verde y montañoso típico de la región y al este, descubrimos la grandiosidad modernista del centro de la ciudad.
Volvemos a bajar a recepción para decidir donde comer algo. Al bajar, lo primero que hacemos todos es cambiar algo de dinero. Es mejor cambiarlo en la recepción del hotel, porque en los bancos se llevan una buena comisión. Lo único que hace falta es presentar el pasaporte y te cambian euros o dólares sin problema. La única comisión que se lleva el hotel son los céntimos. Siempre que te cambian dinero, te lo redondean a la baja y se quedan los céntimos, pero dado que diez yuanes equivalen a un euro, la máxima comisión que te cobran son diez céntimos de euro.
Como ya es algo tarde, decidimos picar algo en el restaurante del hotel, y al entrar, nos encontramos con Sabina y Jose Luis. Son una familia valenciana que tramitan su adopción con la ECAI Piao y, como fueron los únicos asignados de ésta ECAI en la provincia de Guizhou, el BLAS nos consultó si podrían integrarse en nuestro grupo durante su estancia en Guiyang y así compartir los gastos de guías, excursiones, etc. Por su puesto, aceptamos.
Sabina y Jose Luis están en la ciudad desde ayer y están muy nerviosos porque les entregarán a su hija Andréa esta misma tarde. Ya han terminado de comer, y tras saludarnos se van a prepararse para el gran momento. Vienen acompañados por Mónica, colaboradora de Piao que les hace de guía. Mónica se queda un poco con nosotros y, ante nuestra sorpresa, nada más oír hablar a Rakel, deduce que es de Gijón. Mónica es catalana de nacimiento, de padre barcelonés y madre gijonesa, por lo que está encantada de haber coincidido con una familia catalana y otra asturiana. Es una chica encantadora que un buen día (hace ya cuatro años) decidió irse a vivir a Pekín. Habla chino perfectamente y ejerce de guía y colaboradora de la Asociación de Ayuda a la Infancia China, PIAO. Más adelante vereis que fue una ayuda importante en el viaje, pues nos dio a todas horas trucos y consejos para movernos por la ciudad, compras, comidas, consejos con las niñas, etc. , además de enseñarnos como viven en China, sus costumbres, y ayudarnos así a comprender mucho mejor éste enorme y complejo país. Vamos, la guía perfecta.
De repente nos encontramos con que éramos cuatro familias acompañados por tres guías. Más no se podía pedir.
Va llegando la hora de la entrega de la niña de Sabina y J. Luis, por lo que Mónica se despide de nosotros, no sin antes conseguirnos unas tarjetas para llamar por teléfono a España. Son tarjetas de China Telecom y, por 20 Y. podemos hablar poco mas de 15 minutos.
Aunque cansados por el viaje, aún nos quedaba casi toda la tarde por delante y, para relajarnos un poco, decidimos dar un paseo por los alrededores del hotel. Antes de salir, aparece Natalia para entregarnos unas notas en las que nos había escrito la documentación y el dinero que deberemos llevar al registro mañana.
Salimos del hotel y lo primero que nos llamó la atención fue, precisamente, que los que llamábamos la atención éramos nosotros... y mucho. Nunca me había sentido tan observado. Todo el mundo nos miraba, giraban sus cabezas a nuestro paso y muchos extrañados, como si vieran un grupo de bichos raros y los niños nos señalaban y se reían. Está claro que Guiyang no es un lugar muy turístico y el encontrarse occidentales por la calle, extrañaba a la mayoría. Durante la semana que permanecimos aquí, encontramos poquísima gente occidental y la inmensa mayoría de los que vimos, habían venido en busca de sus hijas, al igual que nosotros. Es una sensación extraña el ir caminando por un lugar en el que te llama la atención cualquier cosa que ves y sin embargo, darse cuenta de que quien más llama la atención a los demás eres tú mismo.

Se ve muchísima gente por las calles y multitud de comercios, la mayoría en locales totalmente abiertos, sin escaparates ni fachada. Tan sólo una persiana metálica que se cierra por la noche. La mercancía se agolpa desordenada y ocupando parte de las aceras y cada comercio se especializa en vender cualquier cosa que se pueda uno imaginar.
Nos adentramos más en la cuidad, y vemos como los edificios van cambiando de aspecto y nos encontramos con un paisaje mucho más moderno, con altísimos hoteles y edificios de oficinas. Sin duda, Guiyang es una ciudad que crece “a lo alto” porque su espacio físico es limitado al estar rodeado de montañas.
Estamos atravesando el centro y se nota, no sólo por el considerable aumento de tráfico, sobre todo por la arquitectura, más alta y moderna y por los comercios, más “occidentalizados”. Sin embargo, el paisaje sigue lleno de contrastes. Grandes hoteles de lujo rodeados de casas desvencijadas, lujosos coches de tecnología alemana circulan junto a carros tirados por bicicletas y autobuses que se caen a pedazos abarrotados de gente.
Atravesamos la ciudad y enseguida nos vemos inmersos en un tráfico tremendo.
Sigue habiendo multitud de bicicletas por todas partes, pero el coche ya es el rey en las carreteras chinas. Conducir aquí se me antoja imposible. El tráfico es un caos tremendo. Aquí los intermitentes apenas se utilizan y las luces sólo se encienden cuando de verdad ya no ven nada. Las señales, las pocas que se ven, son meramente decorativas, eso sí, los semáforos se respetan a rajatabla. Unos semáforos bastante curiosos, pues incorporan una pantalla con cuenta atrás para saber cuado se van a abrir o cerrar.Verdaderamente, la circulación es todo un caos, organizado imagino, por algún extraño código de pitidos (conducen con una mano en el volante y la otra en el claxon ), porque si no, no me explico como no hay accidentes cada cuatro metros. Eso sí, los conductores, pese al intenso tráfico, no pierden los nervios como solemos hacer nosotros con mucho menos caos y conducen muchísimo más despacio que nosotros. Es una muestra, como descubriríamos durante nuestra estancia en el país, de que los chinos se toman la vida con otra filosofía, con mucha mas calma que nosotros.
Al fin, llegamos al hotel, el Howard Johnson Plaza, un cinco estrellas que en España no pasaría de cuatro. Estábamos situados en una gran avenida, (Zaoshan Road), muy concurrida al noroeste de la ciudad, muy cerca del parque Qianling, declarado como Reserva Natural. El hotel es un enorme edificio de 31 plantas en el que disponemos de piscina, gimnasio, dos restaurantes y toda una serie de servicios que, sin duda, no tendremos tiempo de utilizar.
Nada más bajar del bus, varios mozos recogen los equipajes y tras presentarnos en recepción, nos alojan en la planta 26, vecinos de puerta de Javier y Ana. La habitación no está nada mal. Dispone de dos grandes camas (altísimas, casi hay que saltar para subirse a ellas), una cuna de madera para la niña, calentador de agua para hacer los biberones, aire acondicionado, nevera, caja fuerte, conexión a internet, etc. Y el baño, lo que más nos gustó, muy grande, con bañera, plato de ducha y una bañerita de niños. Ah! y con una cuerda extensible que hace la función de tendedero y a la que le sacamos buen partido. Lo mejor, dada la altura en la que nos encontramos, son las vistas. Desde la habitación dominamos buena parte de la ciudad. Desde lo alto, se aprecian aún mas los contrastes. Al oeste, bajo el hotel, podemos ver lo que parece un laberinto de callejones de un barrio cuyas pequeñas y destartaladas casas parecen caerse a pedazos, más al sur, el paisaje verde y montañoso típico de la región y al este, descubrimos la grandiosidad modernista del centro de la ciudad.
Volvemos a bajar a recepción para decidir donde comer algo. Al bajar, lo primero que hacemos todos es cambiar algo de dinero. Es mejor cambiarlo en la recepción del hotel, porque en los bancos se llevan una buena comisión. Lo único que hace falta es presentar el pasaporte y te cambian euros o dólares sin problema. La única comisión que se lleva el hotel son los céntimos. Siempre que te cambian dinero, te lo redondean a la baja y se quedan los céntimos, pero dado que diez yuanes equivalen a un euro, la máxima comisión que te cobran son diez céntimos de euro.

Como ya es algo tarde, decidimos picar algo en el restaurante del hotel, y al entrar, nos encontramos con Sabina y Jose Luis. Son una familia valenciana que tramitan su adopción con la ECAI Piao y, como fueron los únicos asignados de ésta ECAI en la provincia de Guizhou, el BLAS nos consultó si podrían integrarse en nuestro grupo durante su estancia en Guiyang y así compartir los gastos de guías, excursiones, etc. Por su puesto, aceptamos.
Sabina y Jose Luis están en la ciudad desde ayer y están muy nerviosos porque les entregarán a su hija Andréa esta misma tarde. Ya han terminado de comer, y tras saludarnos se van a prepararse para el gran momento. Vienen acompañados por Mónica, colaboradora de Piao que les hace de guía. Mónica se queda un poco con nosotros y, ante nuestra sorpresa, nada más oír hablar a Rakel, deduce que es de Gijón. Mónica es catalana de nacimiento, de padre barcelonés y madre gijonesa, por lo que está encantada de haber coincidido con una familia catalana y otra asturiana. Es una chica encantadora que un buen día (hace ya cuatro años) decidió irse a vivir a Pekín. Habla chino perfectamente y ejerce de guía y colaboradora de la Asociación de Ayuda a la Infancia China, PIAO. Más adelante vereis que fue una ayuda importante en el viaje, pues nos dio a todas horas trucos y consejos para movernos por la ciudad, compras, comidas, consejos con las niñas, etc. , además de enseñarnos como viven en China, sus costumbres, y ayudarnos así a comprender mucho mejor éste enorme y complejo país. Vamos, la guía perfecta.
De repente nos encontramos con que éramos cuatro familias acompañados por tres guías. Más no se podía pedir.
Va llegando la hora de la entrega de la niña de Sabina y J. Luis, por lo que Mónica se despide de nosotros, no sin antes conseguirnos unas tarjetas para llamar por teléfono a España. Son tarjetas de China Telecom y, por 20 Y. podemos hablar poco mas de 15 minutos.
Aunque cansados por el viaje, aún nos quedaba casi toda la tarde por delante y, para relajarnos un poco, decidimos dar un paseo por los alrededores del hotel. Antes de salir, aparece Natalia para entregarnos unas notas en las que nos había escrito la documentación y el dinero que deberemos llevar al registro mañana.
Salimos del hotel y lo primero que nos llamó la atención fue, precisamente, que los que llamábamos la atención éramos nosotros... y mucho. Nunca me había sentido tan observado. Todo el mundo nos miraba, giraban sus cabezas a nuestro paso y muchos extrañados, como si vieran un grupo de bichos raros y los niños nos señalaban y se reían. Está claro que Guiyang no es un lugar muy turístico y el encontrarse occidentales por la calle, extrañaba a la mayoría. Durante la semana que permanecimos aquí, encontramos poquísima gente occidental y la inmensa mayoría de los que vimos, habían venido en busca de sus hijas, al igual que nosotros. Es una sensación extraña el ir caminando por un lugar en el que te llama la atención cualquier cosa que ves y sin embargo, darse cuenta de que quien más llama la atención a los demás eres tú mismo.
A mano izquierda del hotel, muy cerquita, encontramos el supermercado que nos había indicado Mónica. Es un super pequeño, pero tiene un poco de todo. Lo inspeccionamos bien para tener controlado todo lo que podamos necesitar para nuestras niñas. Hay pañales (Los Pampers de color verde son los mejores que encontramos) leches y cereales para biberones, etc. Decidimos entre todos comprarles unos regalos para las familias de acogida de nuestras niñas. Un detalle con el que expresar nuestro agradecimiento por haber cuidado de nuestras hijas.Bajamos por Zaoshan Road, la avenida del hotel y, como a 200 metros más o menos, giramos a la derecha para encarar “una típica calle china”, como nos la había descrito Mónica. Es una calle estrecha, cuesta arriba y caminamos por la calzada porque las aceras son estrechas y están ocupadas por gente que se sienta sobre pequeñas banquetas a jugar a las cartas o a un juego similar a nuestro dominó.
La calle está muy sucia y hay una mezcla de olores que te tira de espaldas. Los edificios son mucho más bajos que los de la avenida del hotel, no más de cuatro o cinco plantas, y son viejos y destartalados. La intimidad no se lleva en China. Salvo en el centro de la ciudad y en los hoteles, no hay cortinas en las ventanas de las viviendas y desde la calle, se ven sus estancias. Los tendidos eléctricos, una auténtica tela de araña sobre nuestras cabezas que mete miedo. Hay multitud de diminutos comercios, pequeños chiringuitos en los que se vendía de todo, muchas peluquerías, alguna de ropa, de telefonía (aquí nos compró Mónica las tarjetas) y la mayoría de comida. Diminutos “bares” donde servían comida que podías ver como preparaban, sobre todo lo podías oler. Olía a una mezcla de aceites requemados y los “chiringuitos” no llamaban la atención por su limpieza precisamente. La comida no tenía mal aspecto pero, mejor no arriesgarse… Aunque todos llevábamos la cámara, no nos atrevimos a hacer muchas fotos, pues era nuestra primera salida y no sabíamos si molestaría a la gente. Según avanzábamos por la calle, los olores y la suciedad de las calles iba en aumento, por lo que decidimos posponer la “aventura” y dar media vuelta hacia la avenida, más concurrida y segura.Según bajábamos, unos chicos se dirigen a nosotros: “hello, yankis, hello” a lo que yo, en un perfecto “chinpañol”, les respondo: “mei yanki, mei. Xi ban yá, nosotros xi ban yá” (de yankis nada, majete. Españoles, nosotros españoles) . A lo que los pobres chavales, como imaginaba, me miraron como si les hubiera hablado en polaco. Entonces les dije: “Xi ban yá, xi ban yá. Alonso, Alonso” a lo que contestaron: “Aaaah!! Jajaja, Fernando Alonso…..” (y algo más entre risas que nunca sabremos).
Lo sabía, la “alonsomanía” no conoce fronteras!!!
Seguimos camino entre risas y avanzando por la avenida, llegamos a un gran cruce. El tráfico es intenso. Cruzar es una aventura.
Atravesar seis carriles en aquella jungla de coches se nos antojaba imposible. Los pasos de cebra pintados sobre la calzada, deben de ser eso… pasos para cebras, porque a los peatones, nadie les cede el paso, ni hablar. Estudiamos la situación. Descubrimos que hay un paso subterraneo para cruzar. Pero la gente cruza la calzada corriendo y esquivando los coches como pueden. Volvemos a estudiar la situación. Cruce = Peligro de atropello. Subterráneo = Incógnita indefinida. Decidimos probar suerte y lanzarnos al subterráneo y… oh, sorpresa!! Aquello era un paso de peatones subterráneo, o un gran almacén de telefonía móvil? Jamás habíamos visto tal cantidad de teléfonos en tan pocos metros cuadrados. Cientos de diminutos puestos de venta de móviles, allí había de todo, desde los antiguos Motorola “ladrillo” hasta el más novedoso Nokia de última generación, pasando por todo tipo de accesorios. Había tal cantidad de gente, que el calor se hacía insufrible.Por fin conseguimos llegar al otro lado de la avenida. Llevábamos toda la tarde buscando donde comprar un cepillo para el pelo para Rakel, que se lo había dejado en casa. Preguntamos como pudimos (con señas, claro) en multitud de comercios, pero no lo encontrábamos, hasta que por fin, en uno de tantos puestos ambulantes donde te venden de todo, encontramos uno. Era nuestra primera compra “al regateo”. Nos pidieron 10 Y. por él y nos lo llevamos por 5. Cinco yuanes por un cepillo para el pelo. 50 céntimos de euro. Nos dimos cuenta de que nos estaba timando, nos lo habría vendido por muchísimo menos, pero era nuestro primer regateo aquí y no nos apetecía mucho seguir discutiendo por unos céntimos de euro.
Seguimos en dirección al hotel, estábamos muy cansados ya.
El cansancio era tal que, subimos a la habitación y nos atrapó el sueño hasta el día siguiente.
El primer día de nuestra nueva vida.
PROXIMAMENTE: 5. "La llegada de Lara"

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