De Guiyang a Gijón... el viaje de Lara Ai Ping

19 noviembre, 2006

6. La llegada de Lara (2ª parte)

........Ya hemos llegado al registro. Entramos en un edificio lleno de oficinas. Subimos en ascensor a otra planta y entramos todos (las cuatro familias con nuestras niñas) en una sala llena de mesas que se asemeja a un aula de un colegio cualquiera. En la sala ya estaba esperando una familia norteamericana que había acudido a Guiyang en busca de su segunda hija. Natalia nos entrega unos varios formularios y documentos y nos ayuda a rellenarlos. Mientras los voy rellenando, Rakel intenta tranquilizar a Lara. Se ha “mojado” encima de mamá. ¿Quién iba a pensar que no llevaba pañales? Días después, revisando la grabación de la entrega, vimos como la cuidadora de Lara, le quitaba los pañales sin que nos diéramos cuenta, y como con una habilidad asombrosa, se los metía en su bolso. Seguramente la cuidadora advirtió que Lara estaría mojada y se los quitó para entregárnosla lo más limpia posible.
Rakel intentó cambiarla en el baño, pero no le parecieron muy “saludables”, así que volvió y la cambiamos en un pequeño sofá que había en la sala. Al desnudarla vimos que tenía una pequeña cuerdecita atada a la cintura. Era un pequeño cordón que sujetaba sus pañales (allí siguen usando las gasas que se usaban aquí antes. Pocos son los que se pueden permitir el lujo de gastar en “dodotis”). Por suerte, íbamos bien provistos de pañales y algo de ropa. A Lara se la notaba muy cansada y, después de un buen rato de llantos, Rakel consigue que se duerma.

Aunque las guías ponían todo su empeño para ayudarnos a rellenar los formularios, todo era un poco confuso y nos limitábamos a escribir los datos que nos pedían y firmar sin rechistar donde nos decían, incluso poniendo nuestras huellas dactilares y las de las niñas en algún que otro documento. Algo que nos sorprendió pero a la vez nos alivió un poco es que no teníamos que acudir al notario, pues Natalia nos entregó unos formularios que debíamos rellenar y en los que teníamos que escribir las razones de porqué queríamos adoptar y si estábamos de acuerdo con la niña que se nos había asignado. Un poco absurdo preguntar éstas cosas a estas alturas. Desde luego, ninguno de nosotros nos habíamos desplazado a Guiyang de vacaciones… En fin, cosas de la “burrocracia”.
Natalia se encargaría de traducir éste documento y de llevarlo al notario sin que tuviéramos que acudir nosotros. La verdad es que durante todo el viaje, el trabajo de las guías del BLAS en cuanto a los trámites burocráticos fue perfecto.
Tras terminar con los papeleos y los pagos de notaría, fotos, registro y donativo al orfanato, nos hicieron entrega de copias de alguno de los documentos firmados, la cartilla de vacunación de la niña y una fotocopia del “finding ad”. El resto de documentos, nos lo entregarían días después, pues debían pasar por el notario y ser legalizados debidamente.
Desde 1999, los orfanatos chinos están obligados a publicar en un diario regional unos pequeños anuncios , los llamados “finding ad”, con la fotografía de los niños e información sobre su fecha de nacimiento, lugar y fecha donde fueron recogidos y orfanato que se ha hecho cargo de ellos, con el fin de hacerlo público por si algún familiar los quisiera reclamar y hacerse cargo de ellos.
En nuestro caso, nos entregaron una fotocopia de una página del diario “Guizhou Dushi Bao” del 15 de octubre del 2005, en el que se publican los anuncios de Lara y de otras ocho niñas del mismo orfanato. El interés estriba, más que nada, en la fotografía, de poca calidad, pero al fin y al cabo, es la primera foto de nuestra hija!!

Tan sólo nos quedaba un último paso para culminar los trámites en Guizhou. Se trataba de sacar el pasaporte de las niñas. Para eso debíamos acudir a la Comisaría Central de Policía de Guiyang, así que, otra vez al autobús a recorrer media ciudad entre el intenso tráfico. Para entonces, Lara ya se había despertado de su pequeña siesta. Aunque nos seguía mirando muy seria, a base de hacerle monerías, ya le habíamos sacado alguna que otra sonrisa. Estaba mucho mas tranquila, sobre todo después de darle una galleta, que devoraba con fluidez pese a tener sólo dos dientecillos.
Llegamos enseguida a la comisaría, por cierto, unas instalaciones muy modernas, sobre todo comparándolas con las del edificio del registro. Al entrar, oh, sorpresa!! Prácticamente toda la gente que se encontraba allí eran españoles!! Sí, se trataba de un grupo de aproximadamente 6 u 8 familias que viajaban con Andeni. Les habían entregado a las niñas ayer nada más aterrizar en Guiyang y hoy estaban formalizando los trámites, como nosotros. Por supuesto, nos olvidamos por completo de los trámites por los que habíamos acudido a la comisaría y nos pusimos todos a charlar sobre nuestras niñas. De repente, mientras charlábamos con una familia de Ávila, se me encendió una luz de alarma…
“Rakel, ¿tienes tú los pasaportes?”
“Los tendrás tú con el resto de documentos”, me contesta… a mi pesar.
Vaya cabeza la mía. Con los nervios de la mañana, se me habían olvidado en la caja fuerte de la habitación del hotel y ahora resultaban imprescindibles para que nos expidan el pasaporte de Lara. Se lo comento a Natalia y afloran los nervios otra vez…. Es mediodía, así que tenemos el tiempo justo para recorrer media ciudad para llegar al hotel, recoger los pasaportes y volver a comisaría antes de que cerrara la sección de expedición de pasaportes. Nos fuimos corriendo con Lara en brazos en busca del autobús. Aquel cacharro corría más de lo que creía, pero era demasiado grande para desenvolverse por la jungla urbana de Guiyang, por lo que para volver, Natalia nos sugirió coger un taxi para llegar más rápido a la comisaría. Y vaya que si íbamos más rápido. No sé si fue porque Natalia le metió prisa al taxista o porque es normal que los taxis circulen así, pero el único objetivo que tenía aquel tipo era adelantar a quien se pusiera por delante. No recuerdo que aquel Volkswagen verde circulara por el mismo carril más de diez segundos seguidos. Desde luego que llegamos antes que el autobús. Si el viaje al hotel duró algo así como 20 minutos, el regreso en taxi no llegó ni por asomo a la mitad.

Por cierto, el taxista iba literalmente enjaulado. Rodeado por unos enormes barrotes gordos como puños entre los que apenas cabía una mano de canto, lo que da idea de que, aunque a nosotros no nos pasó nada ni vimos nada raro, debía ser cierto aquello que habíamos leído de que era una de las capitales de China con mayor índice de violencia. En referencia a esto, decir que vimos policía patrullando las calles, pero no más o que en España, eso sí, cámaras instaladas en semáforos y en farolas vimos un montón, muchas de las cuales, apuntando a las aceras, no estaban allí para controlar el tráfico precisamente.

Una vez de vuelta en comisaría, concluimos los trámites. El grupo de Andeni ya se había ido y nuestro grupo ya había terminado y esperaban por nosotros.

Volvimos todos al hotel y, antes de comer subimos con las niñas a las habitaciones para cambiarlas, pues entre la entrega, el registro y la comisaría, aún no habíamos podido estar a solas con nuestra niña. Aunque sólo sería un ratito, sería nuestro primer ratito a solas con Lara. La pusimos sobre la cama, la desnudamos y comprobamos que tenía un cuerpo perfecto, morenito y redondito, sin una sola marca ni herida. Se nota que ha sido bien cuidada. Está estimulada y espabilada a más no poder. Al darle la vuelta nos llevamos un pequeño susto. Lara tiene unas manchas azuladas en la parte alta del culito y a mitad de la espalda. No hay que preocuparse, en seguida recordamos que se trata de la “mancha mongólica” o “mancha de Baltz”, muy corriente entre los niños de raza negra y asiática y que va desapareciendo gradualmente durante su infancia. De no haberlo sabido, no sería difícil confundirlo con hematomas, pues son muy similares.
Por lo demás todo era perfecto, tan perfecto que parecía irreal. No nos lo podíamos creer. Habíamos pasado tantos y tantos meses preparándonos para afrontar lo mejor posible cualquier problema de salud o retraso por falta de estimulación, tantos libros leídos, tanta información buscada en internet … que nos parecía imposible que nuestra hija estuviera tan bien de salud, tan espabilada, tan, tan, tan … !!

De buena gana nos habríamos quedado sin comer. Preferíamos mil veces quedarnos allí, en aquella habitación a miles de kilómetros de casa, contemplando a nuestra pequeña. Cada gesto suyo, cada mirada, cada sonrisa, cada movimiento explorando todo lo que tenia a su alcance, lo celebrábamos como algo nuevo, algo insólito, como un triunfo.
Embelesados con ella, de pronto recordamos, más que nada por sus gestos y su creciente mal humor, que en toda la mañana, Lara apenas se había comido un par de galletas y un pequeño yogur líquido, por lo que mientras Rakel se dispuso a prepararle un biberón de leche con cereales, yo me afanaba en hinchar cientos de globos para distraer su atención por el hambre creciente. Cual fue nuestra sorpresa cuando, al acercarle el bibe, Lara le pegó un manotazo que lo lanzó al suelo. Nos quedamos de piedra, mientras Lara señalaba la bolsa de galletas sin gluten que tanto le gustaban. Recordamos que su cuidadora nos dijo que le daba un biberón por la mañana y otro por la noche antes de acostarse, pero que comía sólidos para el almuerzo, así que le dimos una galleta y bajamos a la recepción del hotel, donde habíamos quedado con las demás familias para comer juntos.
Entre todos decidimos cambiar un poco y, ya que teníamos un restaurante asiático en el hotel, probarlo. Creo recordar que estaba en la tercera planta y, antes de entrar en el salón del restaurante, había que atravesar una sala de recepción y un pasillo que imitaba un puente de madera sobre un estanque con peces de colores. Todo muy suntuoso y lujoso. Nos sentaron en una de esas típicas mesas redondas enormes con una base de cristal sobre la misma que giraba a fin de que los comensales pudieran acceder a todos los platos. Las camareras nos trajeron tronas de madera para las niñas. Lara no hacía más que llamar la atención de las camareras. Hasta que no le decían algo o le hacían alguna monería, no estaba contenta. Pedimos algo para las niñas y nos trajeron un arroz caldoso muy parecido al que nos sirvieron en el avión que nos trajo a Guiyang. Para nuestro asombro, aquella especie de engrudo, les encantaba. También les gustaba mucho unos panecillos blancos del tamaño de un huevo, que iban rellenos de “algo” dulce y que Lara devoraba con fluidez. No es que comiera gran cosa, pero tampoco le dimos mayor importancia, dado que estaba siendo un día difícil para ella. Nosotros si que comimos bien, al menos yo. Entre el viaje y los nervios, apenas si había metido algo en el estómago en las últimas 48 horas, por lo que mi apetito era voraz. Eso sí, tampoco me di un festín, pues aunque todo tenía muy buena pinta y los platos que probé estaban realmente buenos, había algo que me impedía comer tranquilo y es que muchos de los platos que probábamos apenas sabíamos de que estaban hechos.
Al terminar de comer, nos moríamos por tomarnos un café, por lo que bajamos a una especie de pub/cafetería que había a la entrada del restaurante principal. Pedimos un café y nos entregaron una carta con innumerables tipos de cafés, tés y todo tipo de infusiones. Recuerdo que, aunque al principio me apetecía tomarme un cafelito, al ver la carta me decanté por tomarme un té, ya que estamos en el país que es el mayor productor y consumidor de ésta infusión. En cuanto a los cafés, la situación resultó de lo más cómica. Virgi se pidió un café con hielo y asombrados, vimos como una camarera llegaba con un vaso enorme. Al menos medio litro de café. Y encima estaba dulce a más no poder. Si se lo llega a beber todo, se podría haber pasado la noche en vela ¡! Rakel pidió un expreso y Seve un expreso doble. La camarera llegó con dos tazas de café idénticas. Café de verdad, no el agua con color que daban en el desayuno. Aunque Seve lo había pedido doble, pensamos que se habían confundido y lo dejamos así, sin darle más vueltas. Cual fue nuestra sorpresa cuando vimos que en cuanto Seve se terminaba el café, rápidamente otra camarera llegó con otro expreso. ¡Ahora lo entendíamos! El expreso doble consistía en dos cafés expresos… ¡lógica aplastante! … ¿cómo no habíamos caído antes? Mientras bromeábamos sobre quién se atrevía a pedir un expreso triple, comprobamos como nuestros tres tesoros dormían plácidamente la siesta en sus sillitas de paseo y comentábamos una y mil veces la suerte que hemos tenido con las niñas y lo increíble que nos parecía estar allí, tomándonos un café entre risas mientras nuestras hijas dormían la siesta. Tal parecía que llevábamos toda la vida con ellas, cuando en realidad, apenas hacía unas pocas horas que estábamos con ellas. En seguida llegaron dos camareras para tapar a nuestras niñas con lo que pudieran. Usaron unos manteles para taparlas, pese a que nosotros insistíamos en que no hacía falta, ya que incluso hacía calor allí. Pero ante su insistencia, las dejamos hacer. Es increíble la obsesión que tienen en China por llevar a los niños tapados y con numerosas capas de ropa como si fueran a atravesar el Polo Norte. No me quiero ni imaginar como les llevarán en pleno invierno.
Por cierto, el té baratísimo, creo que no pasó de los 20 céntimos de euro, pero los cafés, como son un producto que allí apenas se consume es un artículo de lujo y nos “clavaron” alrededor de 3 euros por cada uno. Decidido, a partir de hoy me decanto por el té, que lo preparan de cine, está “tirao” de precio y además ayuda a las digestiones…

Cuando las niñas se despertaron, subimos a la habitación a cambiarlas, ya que tenían una sudada de escándalo. En ese momento lo achacamos al mantel con el que las habían tapado pese a que hacía calor, pero más adelante fuimos comprobando que, al menos Lara, suda muchísimo, sobre todo la cabeza, cuando duerme. Al despertarse, está igual que si se acabara de duchar.
Al entrar en la habitación, Lara puso mala cara y se echó a llorar. No le gustaba nada entrar en aquella habitación. Menos mal que por allí andaban la veintena de globos de todos los colores imaginables y todos los peluches y juguetes que le habíamos traído. Pero los globos son los que más nos han ayudado a entendernos con ella. Los hinchábamos muy poco por miedo a que se asustara si explotaba alguno, pero cual fue nuestra sorpresa cuando mordió uno, explotó y, tras unos segundos de cara de susto y sorpresa, exclamó: “¡pum!, ¡pum!” y soltó una carcajada que nosotros celebramos como un gol en la final del mundial.

Tras unos momentos de risas y juegos, comprobamos que a Lara no le gustaba mucho estar encerrada en la habitación, así que bajamos a la recepción con la intención de dar un paseo. Salimos las tres familias a dar un paseito y aprovechamos para comprar algunas cosas para las niñas en el super cercano al hotel. Si cuando íbamos solos llamábamos la atención, ahora con las niñas más aún si cabe. Por las calles todos nos miraban como si estuvieran viendo a auténticos extraterrestres. Primero nos miraban a nosotros. Descaradamente, sin pudor alguno. Luego a las nenas. Y entonces, otra vez a nosotros, pero con más cara de sorpresa, si cabe. En el super, todo se paralizó, incluso la cajera dejó de teclear para posar su mirada en nosotros. No es fácil acostumbrarse a ser el centro de las miradas, pero hay que asumir que a partir de ahora somos familias que llamamos un poco la atención y ¿qué mejor entrenamiento que la forma tan exagerada de mirarnos en China?

Tras un corto paseito por los alrededores del hotel y comprar algo para las nenas (nosotros sólo pequeños yogures bebibles, que le encantan), volvimos para cenar (otra vez rechazaba su biberón y comió algo de arroz y huevo revuelto) y muy pronto subimos a la habitación. Estábamos realmente cansados. Había sido un día duro, sobre todo muy cargado de emociones. Pero una vez que Lara ve la puerta de la habitación, comienza a llorar. De nuevo, no quiere entrar, pero con la misma estrategia de globos y juegos que nos había resultado por la tarde, se tranquiliza. Pero sólo un poco.
Ante su nerviosismo, renunciamos a bañarla. Bastante ha pasado ya hoy como para meterle más emociones en su cabecita. Le ponemos el pijama y, es entonces cuando creo que se está dando cuenta de que aquella situación no tiene marcha atrás. De que, aunque parecía haber cogido confianza con nosotros a lo largo de la tarde, ya se estaba terminando el día, era hora de dormir y quería estar con la familia que hasta hoy, le habían ofrecido toda la seguridad que ahora tanto necesitaba. Rompió a llorar y no paró durante tres horas. Tres horas de llanto desesperado. Tres horas de reloj, con todos y cada uno de sus minutos en los que no cesó de llorar, cada vez más fuerte, impasible ante nuestros intentos de consolarla. Meterla en la cuna era como un martirio para ella. Lloraba más y más hasta quedarse prácticamente sin respiración. Ya no sabíamos que hacer para acabar con su sufrimiento, no quería ni ver la cuna ni la cama delante. Tan sólo quería estar en brazos de su madre, pero sin dejar de llorar ni un instante, a pesar de nuestros intentos por tranquilizarla… hasta que con gestos nos suplicó que la posáramos en el suelo. Se nos rompió el corazón al ver como, a gatas y sin dejar de llorar, recogía sus cosas, su caracol de peluche y su pequeña mochila (la que nos entregó su cuidadora con su biberón, leche y cereales en el interior) y avanzaba, gateando con decisión hacia la puerta gritando “máma, máma, máma…”. Fueron sin duda, los momentos más duros que recuerdo.
Recordé que no hubo manera de que durmiera la siesta hasta que la metimos en su cochecito y le dimos un pequeño paseo por el hotel así que, desesperados, probamos a intentarlo de nuevo. La metí en la silla y, como no había espacio suficiente, salí de la habitación con la intención de pasearla por los pasillos. Tan solo con ver abrirse la puerta, sus ojitos encharcados en lágrimas se abrieron como platos. Se calmó durante un instante. Creía haber conseguido lo que tanto deseaba. Pero no tardó en darse cuenta de que no íbamos a ninguna parte, por lo que volvió a llorar. Ahora, con más fuerza y desesperación aún. Lo único que conseguí con mis intentos, sin duda, fue despertar a todos los huéspedes de la planta 26 del Howard Johnson.
Ya que no quiere ver la cuna ni en pintura, Rakel la mete con ella en su cama y, tras unos minutos con ella, por fin, totalmente extenuada y de puro cansancio, deja de llorar. Parece un ángel. La “batalla” contra sus miedos ha sido larga y estamos cansados, muy cansados, pero no podemos apagar la luz sin estar antes unos minutos contemplando a nuestro angelito. Lo hemos pasado mal, pero ella lo ha pasado aún peor, mucho peor. Apagamos la luz con el fuerte deseo de que ningún mal sueño la despierte de su descanso.

Buenas noches, mi amor... hasta mañana...

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