7. Excursión a Jiaxiu
Nuestra niña por fin, había conseguido vencer sus miedos y se había quedado dormida como un angelito. Afortunadamente, nada ni nadie perturbó su sueño en toda la noche.
Martes, 19 de septiembre. Segundo día con nuestra hija. Primer despertar con Lara. Después de la intensa “batalla” de anoche, temíamos algo similar en su despertar, pero cual fue nuestra sorpresa que, a eso del las siete de la mañana, Lara se despierta y nos despierta, no con llantos como temíamos, sino con una de sus gratificantes sonrisas. Con gestos y sonrisas, nos parecía decir:
“¡A levantarse perezosos, que aquí está la señorita Ai Ping dispuesta a cambiar vuestras vidas… a levantarse, Ar!!”
Y vaya si nos levantamos. Contentos como castañuelas por la buena reacción de la peque al desperezarse, nos preparamos para afrontar el que sería nuestro tercer día en China, el segundo día de la familia Rodríguez Guardo al completo.
Como Lara hacía gala de tan buen humor (el mismo buen humor que le acompañaría desde entonces), intentamos darle otra vez el biberón para desayunar. Pero no había manera. Por su insistencia en rechazar el bibe, desistimos. Rakel volvió a la carga con la leche con cereales, esta vez en formato papilla, pero que si quieres arroz, Catalina!! Esta vez, quien sufrió las consecuencias fue la cuchara, que apareció en la otra punta de la habitación y, por su puesto la moqueta, las camas y nosotros mismos. Todos terminamos probando la dichosa papilla… Todos menos Lara, que sonriendo, apuntaba al paquete de galletas sin gluten. Desistimos de más intentos. El biberón no lo ha vuelto a probar. Vamos, ni lo hemos intentado. No lo quería ver ni en pintura. Las papillas, una vez en casa, las devora, pero en China, nunca conseguimos que se las comiera.
Bajamos a desayunar al buffet (el desayuno iba incluido en el precio de la habitación). La sentamos en una trona y, en cuanto le pusimos el babero, se le iluminaron los ojos. Con lo poco que había comido durante el día de ayer, debía estar muerta de hambre. Eso creíamos. Lo cierto es que Lara nos sorprendió y nos sigue sorprendiendo por lo bien que come. Come de todo, no le hace ascos a nada y tanto en China como ahora en casa, da buena cuenta de todo lo que le pasa por delante.
El buffet del hotel estaba muy bien. Había de todo. Comida china, occidental, bollería, mucha fruta… por cierto, hablando de fruta, a las niñas les encantaba la sandía y, concretamente con Lara, teníamos que tener un especial cuidado de que no viera ni un trocito de sandía, porque si no lo dejaba todo y se tiraba (literalmente) a ella. Después de desayunar, siempre le dábamos un buen trocito de sandía, que devoraba con un ansia que daba miedo. Al principio se lo dábamos en trocitos, pero tanto insistía, que en seguida la dejábamos que la cogiera ella misma con las manos. Se ponía perdida, pero en fin… daba gusto ver como se la comía.
Hoy teníamos previsto visitar la pagoda Jiaxiu, situada sobre el río Nanming, en el centro de la ciudad. A las diez llegó el autobús a recogernos. Como siempre, tuvimos que volver a recorrer media ciudad entre el caos circulatorio, pero ya no nos sorprendía lo más mínimo nada de lo que acontecía al otro lado de las ventanillas del autobús. Ahora sólo teníamos ojos para nuestras pequeñas. Cada mirada de Andrea, cada gesto de Judith, cada balbuceo de Ana, cada sonrisa de Lara, lo celebrábamos todos como si hubiéramos descubierto otro mundo… Y, de hecho, de alguna manera, lo estábamos descubriendo.
A marchas forzadas, tratábamos de descubrir cada secreto de nuestras pequeñas. Tratábamos, en definitiva, de recuperar el tiempo perdido.
Es algo difícil de explicar. Tan sólo llevamos 24 horas juntos, pero tal parece que Lara ha estado con nosotros toda su vida. Todavía nos queda muchísimo camino por recorrer juntos para llegar a conocernos mutuamente, pero da la impresión de que le hemos caído bien y que nos acepta de buen grado. Ahora nos damos perfecta cuenta que esto de la adopción es mutuo y que lo más importante ahora es que ella nos adopte a nosotros.
Llegamos por fin a la pagoda Jiaxiu. El autobús nos deja en una plaza, frente a la entrada a la pagoda.
La curiosidad del pueblo chino es realmente alucinante y rápidamente nos vemos rodeados una vez más por multitud de transeúntes. Nuestra curiosidad también se hace palpable al observar una exhibición de un vendedor de peonzas. Se trata de peonzas mucho más grandes que las que estamos acostumbrados a ver y las hacen girar a base de darles latigazos con un palo en cuyo extremo está atada la cuerda con la que previamente se lanza la peonza. Las hay de madera o metálicas, y estas últimas emiten un agudo zumbido que resuena en toda la plaza.
Seve y Jose Luís se atreven a probar a darles latigazos a las peonzas, ante las risas de los curiosos, ya que no es tan fácil como parecía en un principio.
Antes de adentrarnos en la pagoda, Celine y Natalia nos explican un poco su historia y es verdaderamente curioso ver como muchísimos viandantes se paran y se meten entre nosotros para escuchar atentamente las explicaciones de nuestras guías. Dado que las explicaciones son en español, resulta sorprendente la atención
que muestran a sus palabras y como nos miran a nosotros sonriendo y asintiendo con la cabeza.
Según nos cuentan, Jiaxiu es el monumento más emblemático de la ciudad. Se eleva, majestuoso, sobre una gran piedra de aoji, que recuerda vagamente una tortuga legendaria inmensa y un puente fu-yu une las dos orillas del río Nanming. Este complejo arquitectónico chino tradicional se construyó en 1598 durante la dinastía Ming y ha sido restaurado recientemente. Hay muchas piedras talladas, poemas y versos, entre ellos un verso antitético de 170 caracteres chinos que resume los cambios históricos de Guiyang.
Al adentrarnos en el complejo, nos vamos dando cuenta de que pasear por éstos sitios con las niñas en sus sillas no es nada confortable, debido a que los suelos suelen ser empedrados, existen multitud de escaleras y sobre todo debido a la tradición china de poner enormes zócalos bajo las puertas de todos los palacios, pagodas, o templos. Esto evita, según antiquísimas creencias y tradiciones chinas, que no puedan pasar los malos espíritus, ya que no pueden doblar sus rodillas… La verdad es que a nosotros terminan por dolernos las rodillas de tanto saltar zócalos y subir y bajar tanta escalera. Para evitar tanto trajín a las nenas, siempre que podíamos, nos turnábamos para entrar en las estancias y no tener que llevar la silla en volandas,
aunque pocas veces podíamos hacerlo, pues estos templos suelen estar diseñados de forma que para visitarlos haya que ir atravesando prácticamente todas sus estancias.
Lo que más nos gustó de Jiaxiu, fue sin duda una terraza en la parte alta del edificio central. Desde el mismo centro del río Nanming, se observan unas magníficas vistas del centro moderno de la ciudad. También allí había un curioso cuenco de bronce, al cual, si se le frotaban sus asas, se hace temblar el agua del interior hasta que saltaba como si hirviera. La física del rozamiento al servicio de la superstición.
También llama nuestra atención la parte trasera del complejo, donde está el templo budista, rodeado de grandes jardines en los que hay multitud de jaulas de madera colgadas, con sus pájaros dentro. Llama poderosamente la atención ver jardines con pájaros en sus jaulas, en lugar de estar revoloteando como en nuestros parques. Luego nos daríamos cuenta que es algo habitual. No recuerdo haber visto un ave volando durante los quince días en China, pese a haber visitado varios parques, incluso grandes parques naturales, como las cascadas Huang Guo Shu o el parque Qianling. Producto sin duda de la reciente gripe aviar.
Antes de ir a comer, pasamos por un centro comercial para hacer alguna compra para las niñas. Quien más y quien menos, necesitábamos comprarles algo de ropa. Nosotros por ejemplo, la ropa que llevábamos para Lara, la mayoría de estaba algo pequeña y lo que más nos urgía eran calcetines y zapatos. Nos cogía de camino el Wall Mart de Guìyáng. Un gran centro comercial subterráneo bajo la Plaza Popular. El centro era tipo supermercado, como un Carrefour o Alcampo y había de todo, aunque la sección de ropa infantil era un tanto escasa. El jaleo con las tallas unido al poco tiempo que teníamos, ya que teníamos reserva en un restaurante, no nos ayudó mucho a la hora de comprar todo lo que necesitábamos. Al menos encontramos una especie de pañuelos que usan como chupetes para los niños aquí en China.
Habíamos observado que Lara se llevába a la boca la sábana para dormir y su cuidadora nos había advertido de la necesidad de un pañuelo para que la niña durmiera tranquila. Desde que le damos éstos que compramos en el Wall Mart, Lara duerme muchísimo más tranquila. Eso sí, solo los quiere para dormir, el resto del día no los quiere para nada… a no ser que le entre el sueño, claro.
Otro lugar curioso del centro comercial era la pescadería. Aquí si que se come pescado fresco. Tan fresco que está vivo. El pescado está vivo y coleando separado por especies en grandes acuarios y los compradores eligen. Compartían sitio con el pescado otras especies culinarias como ranas y tortugas.
Una vez acabadas las compras, era hora ya de comer. Las guías siempre nos preguntaban si queríamos comer en el hotel, o en un restaurante de la ciudad. En el hotel, siempre teníamos posibilidad de comer algo “occidental”, pastas, pizzas y poco más, además del restaurante asiático del hotel, que la verdad, no nos gustó demasiado. Pero ya que estamos en China, ¿quien se puede resistir a la tentación de probar su gastronomía? La de China de verdad, no la de los restaurantes chinos españoles. Nosotros no, por supuesto, y nuestros compañeros-amigos de viaje tampoco. Así que la unanimidad fue total y, a partir de aquel día, siempre comimos en restaurantes locales. El hotel lo dejábamos para desayunar y cenar. Claro, la ventaja es que esta vez teníamos con nosotros a Mónica, quien nos iba explicando en que consistía cada plato. Eso se agradece. Comes mucho más tranquilo cuando sabes realmente lo que te llevas a la boca. Esta vez nos llevaron a un enorme restaurante en el centro de la ciudad. Había que bajar unas escaleras y, una vez dentro, daba la impresión de estar en un enorme sótano. Un gran patio central con una barra e infinidad de mesas para comer y, alrededor varios reservados con las típicas mesas redondas giratorias. Para estar todos juntos, nos metimos en uno de ellos.
Dimos de comer a las peques y Lara, tras comerse lo suyo y parte de lo nuestro, se enfadó un poco porque tenía sueño. Para dormirse, ya habíamos descubierto que le gustaba que le dieran un paseito en la silla y, para que comiéramos tranquilos, en seguida se ofrecieron tres camareras a pasearla por el patio central. Cuando, a los cinco minutos, me asomé a ver si dormía, me encontré a la peque y a las camareras entre risotadas haciéndose monerías entre las cuatro. La pequeña Ai Ping es la alegría de la huerta y pasárselo bomba es su especialidad. Pero de siesta nada, viva la juerga.
La verdad es que la mayoría de los platos estaban deliciosos. En la mesa giratoria, nos iban poniendo cerca de una veintena de platos, muchas verduras, setas, bambú, flor de loto, y algún plato de carne de buey, ternera y pollo, además de un pescado (muy parecido al cabracho) en salsa agridulce con una presentación espectacular y al que había que hincar el diente con cuidado debido a sus enormes espinas. Eso sí, siempre había un par de platos picantes. Picantes de verdad. Menos mal que allí estaba, siempre a mano, una cerveza Tsingtao bien fresquita.
Dato curioso: en la mayoría de establecimientos, podías tomarte una San Miguel, pero, ¿quién se recorre 12000 kilómetros para tomarse una San Miguel? Vamos, hombre…
Tras la comida, todos al hotel. Normalmente, las tardes las teníamos libres. Las mañanas son para trámites, excursiones y visitas a lugares de interés y por las tardes, las guías nos dejaban la tarde libre. Eso si, si querías ir a algún sitio determinado y que ellas te acompañaran, no había ningún problema. Para eso estaban.
Tras una buena siesta, quedamos en la recepción del hotel para dar una vuelta por los alrededores y hacer algunas compras más para las nenas. Pañales, potitos, yogures, etc.
Está lloviendo. No nos extraña porque el cielo encapotado de la mañana ya lo anunciaba. Guizhou es una de las provincias más húmedas de China, con una media cercana a doscientos días de lluvia al año, por lo que todos íbamos preparados, sobre todo con los plásticos para proteger las sillas de las niñas, algo que en China es dificilísimo de encontrar. Aunque llueve mucho en Guizhou, las lluvias no suelen ser torrenciales. Orbayaba y poco más, así que nos pusimos el chubasquero y el plástico en la silla y “pa´lante”.
El paseo bajo la lluvia, fue corto, claro, pero lo suficiente para encontrar un supermercado con todo lo que buscábamos a un par de manzanas al este del hotel. Otro dato curioso: cuando se pregunta por un sitio, siempre te contestan como si llevaras una brújula en la mano:
“¿el mercado? Si, si, todo recto, tres manzanas al este. ¿el parque? Siga al norte y en el primer cruce gire al este, allí lo encontrará”
Curioso, ¿verdad?
No es que sea necesario ir a China equipado con brújula y GPS, pero conviene tener clara nuestra situación respecto al norte geográfico.
Tras la cena, a la camita… Idea que a Lara, como imaginábamos, no le agrada mucho. Nada más ver la puerta de la habitación, comienzan las protestas, pero eso sí, hemos mejorado. Las tres horas de llantos de la primera noche, se han reducido a una horita y, además, hemos conseguido que se duerma en la cunita… Vamos progresando!!
Martes, 19 de septiembre. Segundo día con nuestra hija. Primer despertar con Lara. Después de la intensa “batalla” de anoche, temíamos algo similar en su despertar, pero cual fue nuestra sorpresa que, a eso del las siete de la mañana, Lara se despierta y nos despierta, no con llantos como temíamos, sino con una de sus gratificantes sonrisas. Con gestos y sonrisas, nos parecía decir:
“¡A levantarse perezosos, que aquí está la señorita Ai Ping dispuesta a cambiar vuestras vidas… a levantarse, Ar!!”
Y vaya si nos levantamos. Contentos como castañuelas por la buena reacción de la peque al desperezarse, nos preparamos para afrontar el que sería nuestro tercer día en China, el segundo día de la familia Rodríguez Guardo al completo.
Como Lara hacía gala de tan buen humor (el mismo buen humor que le acompañaría desde entonces), intentamos darle otra vez el biberón para desayunar. Pero no había manera. Por su insistencia en rechazar el bibe, desistimos. Rakel volvió a la carga con la leche con cereales, esta vez en formato papilla, pero que si quieres arroz, Catalina!! Esta vez, quien sufrió las consecuencias fue la cuchara, que apareció en la otra punta de la habitación y, por su puesto la moqueta, las camas y nosotros mismos. Todos terminamos probando la dichosa papilla… Todos menos Lara, que sonriendo, apuntaba al paquete de galletas sin gluten. Desistimos de más intentos. El biberón no lo ha vuelto a probar. Vamos, ni lo hemos intentado. No lo quería ver ni en pintura. Las papillas, una vez en casa, las devora, pero en China, nunca conseguimos que se las comiera.
Bajamos a desayunar al buffet (el desayuno iba incluido en el precio de la habitación). La sentamos en una trona y, en cuanto le pusimos el babero, se le iluminaron los ojos. Con lo poco que había comido durante el día de ayer, debía estar muerta de hambre. Eso creíamos. Lo cierto es que Lara nos sorprendió y nos sigue sorprendiendo por lo bien que come. Come de todo, no le hace ascos a nada y tanto en China como ahora en casa, da buena cuenta de todo lo que le pasa por delante.
El buffet del hotel estaba muy bien. Había de todo. Comida china, occidental, bollería, mucha fruta… por cierto, hablando de fruta, a las niñas les encantaba la sandía y, concretamente con Lara, teníamos que tener un especial cuidado de que no viera ni un trocito de sandía, porque si no lo dejaba todo y se tiraba (literalmente) a ella. Después de desayunar, siempre le dábamos un buen trocito de sandía, que devoraba con un ansia que daba miedo. Al principio se lo dábamos en trocitos, pero tanto insistía, que en seguida la dejábamos que la cogiera ella misma con las manos. Se ponía perdida, pero en fin… daba gusto ver como se la comía.
Hoy teníamos previsto visitar la pagoda Jiaxiu, situada sobre el río Nanming, en el centro de la ciudad. A las diez llegó el autobús a recogernos. Como siempre, tuvimos que volver a recorrer media ciudad entre el caos circulatorio, pero ya no nos sorprendía lo más mínimo nada de lo que acontecía al otro lado de las ventanillas del autobús. Ahora sólo teníamos ojos para nuestras pequeñas. Cada mirada de Andrea, cada gesto de Judith, cada balbuceo de Ana, cada sonrisa de Lara, lo celebrábamos todos como si hubiéramos descubierto otro mundo… Y, de hecho, de alguna manera, lo estábamos descubriendo.
A marchas forzadas, tratábamos de descubrir cada secreto de nuestras pequeñas. Tratábamos, en definitiva, de recuperar el tiempo perdido.Es algo difícil de explicar. Tan sólo llevamos 24 horas juntos, pero tal parece que Lara ha estado con nosotros toda su vida. Todavía nos queda muchísimo camino por recorrer juntos para llegar a conocernos mutuamente, pero da la impresión de que le hemos caído bien y que nos acepta de buen grado. Ahora nos damos perfecta cuenta que esto de la adopción es mutuo y que lo más importante ahora es que ella nos adopte a nosotros.
Llegamos por fin a la pagoda Jiaxiu. El autobús nos deja en una plaza, frente a la entrada a la pagoda.
La curiosidad del pueblo chino es realmente alucinante y rápidamente nos vemos rodeados una vez más por multitud de transeúntes. Nuestra curiosidad también se hace palpable al observar una exhibición de un vendedor de peonzas. Se trata de peonzas mucho más grandes que las que estamos acostumbrados a ver y las hacen girar a base de darles latigazos con un palo en cuyo extremo está atada la cuerda con la que previamente se lanza la peonza. Las hay de madera o metálicas, y estas últimas emiten un agudo zumbido que resuena en toda la plaza.Seve y Jose Luís se atreven a probar a darles latigazos a las peonzas, ante las risas de los curiosos, ya que no es tan fácil como parecía en un principio.
Antes de adentrarnos en la pagoda, Celine y Natalia nos explican un poco su historia y es verdaderamente curioso ver como muchísimos viandantes se paran y se meten entre nosotros para escuchar atentamente las explicaciones de nuestras guías. Dado que las explicaciones son en español, resulta sorprendente la atención
que muestran a sus palabras y como nos miran a nosotros sonriendo y asintiendo con la cabeza.Según nos cuentan, Jiaxiu es el monumento más emblemático de la ciudad. Se eleva, majestuoso, sobre una gran piedra de aoji, que recuerda vagamente una tortuga legendaria inmensa y un puente fu-yu une las dos orillas del río Nanming. Este complejo arquitectónico chino tradicional se construyó en 1598 durante la dinastía Ming y ha sido restaurado recientemente. Hay muchas piedras talladas, poemas y versos, entre ellos un verso antitético de 170 caracteres chinos que resume los cambios históricos de Guiyang.
Al adentrarnos en el complejo, nos vamos dando cuenta de que pasear por éstos sitios con las niñas en sus sillas no es nada confortable, debido a que los suelos suelen ser empedrados, existen multitud de escaleras y sobre todo debido a la tradición china de poner enormes zócalos bajo las puertas de todos los palacios, pagodas, o templos. Esto evita, según antiquísimas creencias y tradiciones chinas, que no puedan pasar los malos espíritus, ya que no pueden doblar sus rodillas… La verdad es que a nosotros terminan por dolernos las rodillas de tanto saltar zócalos y subir y bajar tanta escalera. Para evitar tanto trajín a las nenas, siempre que podíamos, nos turnábamos para entrar en las estancias y no tener que llevar la silla en volandas,
aunque pocas veces podíamos hacerlo, pues estos templos suelen estar diseñados de forma que para visitarlos haya que ir atravesando prácticamente todas sus estancias.
Lo que más nos gustó de Jiaxiu, fue sin duda una terraza en la parte alta del edificio central. Desde el mismo centro del río Nanming, se observan unas magníficas vistas del centro moderno de la ciudad. También allí había un curioso cuenco de bronce, al cual, si se le frotaban sus asas, se hace temblar el agua del interior hasta que saltaba como si hirviera. La física del rozamiento al servicio de la superstición.
También llama nuestra atención la parte trasera del complejo, donde está el templo budista, rodeado de grandes jardines en los que hay multitud de jaulas de madera colgadas, con sus pájaros dentro. Llama poderosamente la atención ver jardines con pájaros en sus jaulas, en lugar de estar revoloteando como en nuestros parques. Luego nos daríamos cuenta que es algo habitual. No recuerdo haber visto un ave volando durante los quince días en China, pese a haber visitado varios parques, incluso grandes parques naturales, como las cascadas Huang Guo Shu o el parque Qianling. Producto sin duda de la reciente gripe aviar.Antes de ir a comer, pasamos por un centro comercial para hacer alguna compra para las niñas. Quien más y quien menos, necesitábamos comprarles algo de ropa. Nosotros por ejemplo, la ropa que llevábamos para Lara, la mayoría de estaba algo pequeña y lo que más nos urgía eran calcetines y zapatos. Nos cogía de camino el Wall Mart de Guìyáng. Un gran centro comercial subterráneo bajo la Plaza Popular. El centro era tipo supermercado, como un Carrefour o Alcampo y había de todo, aunque la sección de ropa infantil era un tanto escasa. El jaleo con las tallas unido al poco tiempo que teníamos, ya que teníamos reserva en un restaurante, no nos ayudó mucho a la hora de comprar todo lo que necesitábamos. Al menos encontramos una especie de pañuelos que usan como chupetes para los niños aquí en China.
Habíamos observado que Lara se llevába a la boca la sábana para dormir y su cuidadora nos había advertido de la necesidad de un pañuelo para que la niña durmiera tranquila. Desde que le damos éstos que compramos en el Wall Mart, Lara duerme muchísimo más tranquila. Eso sí, solo los quiere para dormir, el resto del día no los quiere para nada… a no ser que le entre el sueño, claro.Otro lugar curioso del centro comercial era la pescadería. Aquí si que se come pescado fresco. Tan fresco que está vivo. El pescado está vivo y coleando separado por especies en grandes acuarios y los compradores eligen. Compartían sitio con el pescado otras especies culinarias como ranas y tortugas.
Una vez acabadas las compras, era hora ya de comer. Las guías siempre nos preguntaban si queríamos comer en el hotel, o en un restaurante de la ciudad. En el hotel, siempre teníamos posibilidad de comer algo “occidental”, pastas, pizzas y poco más, además del restaurante asiático del hotel, que la verdad, no nos gustó demasiado. Pero ya que estamos en China, ¿quien se puede resistir a la tentación de probar su gastronomía? La de China de verdad, no la de los restaurantes chinos españoles. Nosotros no, por supuesto, y nuestros compañeros-amigos de viaje tampoco. Así que la unanimidad fue total y, a partir de aquel día, siempre comimos en restaurantes locales. El hotel lo dejábamos para desayunar y cenar. Claro, la ventaja es que esta vez teníamos con nosotros a Mónica, quien nos iba explicando en que consistía cada plato. Eso se agradece. Comes mucho más tranquilo cuando sabes realmente lo que te llevas a la boca. Esta vez nos llevaron a un enorme restaurante en el centro de la ciudad. Había que bajar unas escaleras y, una vez dentro, daba la impresión de estar en un enorme sótano. Un gran patio central con una barra e infinidad de mesas para comer y, alrededor varios reservados con las típicas mesas redondas giratorias. Para estar todos juntos, nos metimos en uno de ellos.
Dimos de comer a las peques y Lara, tras comerse lo suyo y parte de lo nuestro, se enfadó un poco porque tenía sueño. Para dormirse, ya habíamos descubierto que le gustaba que le dieran un paseito en la silla y, para que comiéramos tranquilos, en seguida se ofrecieron tres camareras a pasearla por el patio central. Cuando, a los cinco minutos, me asomé a ver si dormía, me encontré a la peque y a las camareras entre risotadas haciéndose monerías entre las cuatro. La pequeña Ai Ping es la alegría de la huerta y pasárselo bomba es su especialidad. Pero de siesta nada, viva la juerga.
La verdad es que la mayoría de los platos estaban deliciosos. En la mesa giratoria, nos iban poniendo cerca de una veintena de platos, muchas verduras, setas, bambú, flor de loto, y algún plato de carne de buey, ternera y pollo, además de un pescado (muy parecido al cabracho) en salsa agridulce con una presentación espectacular y al que había que hincar el diente con cuidado debido a sus enormes espinas. Eso sí, siempre había un par de platos picantes. Picantes de verdad. Menos mal que allí estaba, siempre a mano, una cerveza Tsingtao bien fresquita.
Dato curioso: en la mayoría de establecimientos, podías tomarte una San Miguel, pero, ¿quién se recorre 12000 kilómetros para tomarse una San Miguel? Vamos, hombre…
Tras la comida, todos al hotel. Normalmente, las tardes las teníamos libres. Las mañanas son para trámites, excursiones y visitas a lugares de interés y por las tardes, las guías nos dejaban la tarde libre. Eso si, si querías ir a algún sitio determinado y que ellas te acompañaran, no había ningún problema. Para eso estaban.
Tras una buena siesta, quedamos en la recepción del hotel para dar una vuelta por los alrededores y hacer algunas compras más para las nenas. Pañales, potitos, yogures, etc.
Está lloviendo. No nos extraña porque el cielo encapotado de la mañana ya lo anunciaba. Guizhou es una de las provincias más húmedas de China, con una media cercana a doscientos días de lluvia al año, por lo que todos íbamos preparados, sobre todo con los plásticos para proteger las sillas de las niñas, algo que en China es dificilísimo de encontrar. Aunque llueve mucho en Guizhou, las lluvias no suelen ser torrenciales. Orbayaba y poco más, así que nos pusimos el chubasquero y el plástico en la silla y “pa´lante”.

El paseo bajo la lluvia, fue corto, claro, pero lo suficiente para encontrar un supermercado con todo lo que buscábamos a un par de manzanas al este del hotel. Otro dato curioso: cuando se pregunta por un sitio, siempre te contestan como si llevaras una brújula en la mano:
“¿el mercado? Si, si, todo recto, tres manzanas al este. ¿el parque? Siga al norte y en el primer cruce gire al este, allí lo encontrará”
Curioso, ¿verdad?
No es que sea necesario ir a China equipado con brújula y GPS, pero conviene tener clara nuestra situación respecto al norte geográfico.
Tras la cena, a la camita… Idea que a Lara, como imaginábamos, no le agrada mucho. Nada más ver la puerta de la habitación, comienzan las protestas, pero eso sí, hemos mejorado. Las tres horas de llantos de la primera noche, se han reducido a una horita y, además, hemos conseguido que se duerma en la cunita… Vamos progresando!!

1 Comments:
At 12 febrero, 2007 08:31,
Anónimo said…
!Ya era hora!. Estaba esperando la siguiente entrega desde hace tiempo. Me encanta esta bonita aventura. Desde luego, despues de ver que todo, ha salido 1viento en popa!. Para vosotros no fue lo mismo. Animo y sigue deleitandonos con este maravilloso diario.
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